8 de Septiembre

23.º Domingo del Tiempo Ordinario
Sb 9, 13-18 / Sal 89, 3-6. 12-14. 17 / Flm 9b-10. 12-17/ Lc 14, 25-33. Propio, salterio de la 3.ª semana. Verde.

“Ningún de ustedes puede ser discípulo mío,
si no renuncia a todo”

En aquel tiempo, grandes multitudes andaban con Jesús. Él se volvió y les dijo: “Si alguno viene a mí y no se desprende de su padre y de su madre, de la mujer y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas, y aun de su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, habiendo puesto sus cimientos, sin poder terminarla, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir y no pudo terminar’. O ¿qué rey, al partir a la guerra contra otro rey, no se sienta primero a analizar si es capaz de enfrentar con diez mil hombres al que viene a atacarlo con veinte mil? Y si no puede, envía embajadores, cuando el otro todavía está lejos, para proponer la paz. De igual manera, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Los dos ejemplos que pone Jesús son bien ilustrativos: empezar a construir una casa sin tener cómo acabar es una tontería; lanzarse a una guerra que está perdida desde el comienzo, eso es una tontería. Así le pasa al creyente que no piensa bien lo que significa ser cristiano: si no ha considerado con detenimiento las renuncias que tiene que hacer es mejor que no se embarque en el seguimiento de Cristo. Porque un remedo de cristiano produce burlas en la gente, produce más ateísmo y más desgano en los que lo ven que ganas de imitarlo. ¿Qué vamos a hacer para que el mundo no se siga riendo del evangelio si nosotros mismos nos reímos de él al no tomarlo en serio?

¿Cuáles son los apegos que nos impiden seguir realmente a Jesús?