7 de Noviembre

San Vilibrordo, obispo
Rm 14, 7-12 / Sal 26, 1. 4. 13-14 / Lc 15, 1-10. Feria. Verde.

“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”

En aquel tiempo, todos los cobradores de impuestos y los pecadores se acercaban para escuchar a Jesús. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Ese recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: “¿Quién de ustedes, que tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, llama a sus amigos y vecinos y les dice: ‘¡Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida!’. Les digo que, del mismo modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. O, ¿qué mujer, que tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas y les dice: ‘¡Alégrense conmigo, porque encontré la moneda que perdí!’. Les digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

El evangelio de hoy nos dice algo bello: todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle. Cercanía de Dios al pecador, al perdido, al desplazado y desechado. ¿No nos dilata el corazón un Dios que deja a las noventa y nueve ovejas para buscar la perdida? Dios es como la viejecita que busca su monedita perdida en algún rincón de la casa. Dios que peregrina por los caminos fétidos de los pecadores, para sanarlos. No es, pues, un Dios que juzga, no es un Dios que provoca miedo o pavor, sino un Dios que atrae y libera. Dios está combatiendo allí donde sus hijos han cedido a la tentación y se han dejado embaucar por el “padre de la mentira”.

¿Qué impulsa nuestra vida de fe?, ¿la misericordia de Dios o el temor al castigo divino?