6 de Noviembre

San Leonardo de Noblac, ermitaño
Flp 2, 5-11 / Sal 21, 26b-32 / Lc 14, 15-24. Feria. Verde.

“Sal por los caminos y senderos e insísteles
hasta que entren y se me llene la casa”

En aquel tiempo, uno de los invitados dijo a Jesús: “¡Dichoso el que participe en el banquete del reino de Dios!”. Jesús le respondió: “Un hombre ofreció un gran banquete e invitó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a un sirviente a decir a los invitados: ‘Vengan, que ya está todo preparado’. Pero todos, sin excepción comenzaron a disculparse. El primero dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes’. El otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes’. Y el otro dijo: ‘Me he casado y por eso no puedo ir’. El sirviente regresó a informarle todo esto a su señor. Entonces, el dueño de casa, indignado, le dijo al sirviente: ‘Anda de inmediato a las plazas y a las calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’. Volvió el sirviente y dijo: ‘Señor, se ha cumplido tu orden, pero todavía queda lugar’. Entonces el señor le dijo al servidor: ‘Ve a los caminos y a lo largo de los muros de la ciudad, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa’. Porque les aseguro que ninguno de aquellos hombres que habían sido invitados probará mi banquete”.

El presidente municipal organizó una suntuosa parrillada para todos los ciudadanos. Como eran muchos, aclaró en la invitación: “La parrillada es gratuita, pero cada quien traiga en qué sentarse”. Con mucha ilusión, todos llegaron al parque. Algunos trajeron sillas de tijeras prácticas, pero poco cómodas; algunos trajeron sillones suntuosos, otros simples banquillos; algunos suaves cojines y otros, tapetes. Varios se contentaron con sentarse en un pedazo de madera, una piedra o un periódico. Como la fiesta se alargaba mucho, algunos invitados comenzaron a sentirse incómodos y a quejarse, preguntándose: “¿El presidente municipal no tiene sillones cómodos para prestarnos? ¿Cómo es posible en una fiesta no proveer sillas para todos?”. Algunos se fijaron en las sillas y sillones de sus prójimos, y no podían disfrutar de la parrillada por el mal sabor de la envidia o del resentimiento. Algunos pocos pidieron disculpas y se alejaron, por el asunto de los asientos. En fin, el presidente municipal ofrece a todos los ciudadanos su mismo banquete; depende de los convidados aportar lo que quieren, lo que pueden, y contentarse con lo que se les da. El Señor se dirige a nosotros, los convidados de la fiesta, para que correspondamos a la generosidad recibida. Nos enseña sobre el modo de recibir la invitación para entrar en el reino de Dios, con gratitud y compromiso en el mismo grado que lo hemos recibido.

Señor, permítenos que siempre nos sintamos invitados a tu banquete eucarístico y que los afanes del mundo no ahoguen ni trunquen el tenerte como nuestra única y absoluta prioridad en nuestras vidas.