4 de Octubre

San Francisco de Asís, religioso
Ba 1, 15-22 / Sal 78, 1-5. 8-9 / Lc 10, 13-16. Propio de la MO. Blanco.

“Quien me rechaza a mí
rechaza al que me ha enviado”

En aquel tiempo, dijo Jesús: “¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados en ustedes se hubieran hecho en Tiro y Sidón, hace tiempo que ellas se habrían convertido, vestidas con sayal y sentadas en ceniza. Por eso, en el juicio será más soportable el castigo para Tiro y Sidón que para ustedes. Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás elevada hasta el cielo? ¡Hasta el abismo bajarás! El que los escucha a ustedes, a mí me escucha; el que los rechaza a ustedes, a mí me rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza al que me envió”.

Señalemos algo fuerte y profundo que está en el evangelio de hoy: rechazar a un enviado de Dios es rechazar a Dios mismo. Algo semejante escuchó Pablo cuando iba de camino a Damasco persiguiendo a los cristianos. En el camino escuchó la voz del cielo que le decía: “¿Por qué me persigues?”. Hay una afirmación allí muy fuerte del cristianismo: reconoce que a Dios se le encuentra en el hermano, en la persona del enviado, en sus hijos. Y no es el apóstol quien anuncia esa verdad, es Dios mismo quien ama hacerse uno con sus hijos, con sus enviados. Nadie va, según la fe cristiana, directo a Dios. Ha de pasar por el otro, ha de descubrir a Dios en su hermano, también en aquel que tiene la vocación de apóstol en la comunidad.

¿Cuál es nuestra actitud ante los mensajeros de Dios?