31 de Diciembre

San Silvestre I, papa
1 Jn 2, 18-21 / Sal 95, 1-2. 11-13 / Jn 1, 1-18.
De la octava de Navidad. Blanco.

El Verbo se hizo carne

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio ella estaba junto a Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella nada fue hecho de cuanto se ha hecho. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad; la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron. Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegando al mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por ella, pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a quienes la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio capacidad para ser hijos de Dios. Estos no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni del deseo del hombre, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y nosotros vimos su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio acerca de Él, proclamando: “Este es aquel del que yo dije: El que viene detrás de mí es superior a mí, porque existía antes que yo”. De su plenitud todos nosotros recibimos gracia tras gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad llegaron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que es Dios, que está en el seno del Padre, Él lo dio a conocer.

Terminamos este año con la lectura del célebre prólogo del evangelio de Juan: “En el principio ya existía la Palabra; y Aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de Él, Dios hizo todas las cosas. Nada de lo que existe fue hecho sin Él”. Cada uno de los versículos de este texto es una profunda reflexión teológica sobre Jesús de Nazaret, que ahora Juan contempla bajo una profunda mirada de fe, como el Hijo de Dios, como el Verbo o la Palabra de Dios, que estaba junto a Dios. El Niño de Belén, el hijo de José y María, el que murió en la Cruz, el que resucitó de entre los muertos, es el mismo Dios, como Hijo, que vino a nosotros. Tomó nuestra condición humana; padeció lo que padecemos; luchó como un hombre cualquiera para que cualquiera que lo acepte sea como Dios, sea Hijo de Dios.

¿Cómo vamos a acoger mejor a Jesús en el año que está por comenzar?