30 de Diciembre

San Fulgencio, obispo
1 Jn 2, 12-17 / Sal 95, 7-10 / Lc 2, 36-40.
De la Octava de Navidad. Blanco.

Hablaba del niño a todos los que aguardaban
la liberación de Jerusalén

En aquel tiempo, había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ella estaba muy anciana. Vivió siete años casada con su marido. Quedó viuda y tenía ochenta y cuatro años de edad. Permanecía noche y día sirviendo en el templo con ayunos y oraciones. Ella se presentó en ese momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Cuando cumplieron todos los preceptos, según la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él.

En el evangelio de hoy corresponde a una ancianita viuda hablarnos de la fe. Durante un rito israelita que pedía consagrar a todo recién nacido a Dios, se encuentra en el templo esta mujer. El texto nos dice que se llamaba Ana y que su padre tenía por nombre Fanuel. Pero lo importante es su vida de oración: nunca salía del templo y servía al Señor con ayunos y oraciones. La viudez la consagró a Dios sirviéndole a través de una de las misiones más hermosas e incomprendidas que hay en la Iglesia: la oración. Su contacto íntimo con Dios a través del diálogo le permitió abrir la sensibilidad de su corazón y tuvo el don maravilloso de identificar en el niño de María al liberador de Jerusalén. Vejez hermosamente vivida, que se acrecienta con carismas recibidos y cultivados en el silencio piadoso de la oración.

¿Conocemos en nuestra comunidad cristiana a algunos ancianos o ancianas respetados por su sabiduría?