2 de Diciembre

Santa Bibiana, mártir
Is 4, 2-6 / Sal 121, 1-4a. 6-9 / Mt 8, 5-11. Feria. Morado.

“Vendrán muchos de oriente
y occidente al reino de los cielos”

En aquel tiempo, cuando Jesús entró en Cafarnaún, se le acercó un centurión y, suplicándole, le dijo: “Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, con terribles dolores”. Entonces le dijo: “Yo iré a sanarlo”. Pero el centurión le dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Pero solo di una palabra y mi criado se sanará. Pues yo también soy un hombre bajo autoridad y tengo soldados bajo mi mando. Entonces digo a uno: ‘Ve’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace”. Cuando Jesús lo escuchó, quedó sorprendido y dijo a quienes lo seguían: “En verdad les digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Yo les digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

El centurión romano tenía una fe maravillosa en la Palabra de Dios: “Una sola palabra tuya bastará para sanarlo”. Los creyentes hemos de reaprender a escuchar la Palabra poderosa de Dios. No es una palabra mágica; no es una palabra que nos ahorre los esfuerzos. El centurión tuvo que interceder; tuvo antes que tomar conciencia de la enfermedad de su criado. El centurión tuvo que acercarse a Jesús. Era algo inaudito: un jefe militar romano dirigiéndose a un campesino de Galilea para rogarle un favor. Le hubiera podido obligar. Pero su fe en Jesús lo lleva por caminos distintos a los del poder militar, y le sirve para vivir una relación de obediencia con Jesús.

¿Qué momentos de silencio dedicaremos en este tiempo para decir a Jesús: “Habla,
Señor, que tu siervo escucha”?