3 de Diciembre

San Francisco Javier, presbítero
Is 11, 1-10 / Sal 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17/ Lc 10, 21-24.
Propio de la MO. Blanco.

Jesús, lleno de alegría en el Espíritu Santo

En esa hora, Jesús se alegró en el Espíritu Santo y dijo: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios e inteligentes, y las revelaste a los pequeños! Sí, Padre, así te pareció bien.Todo me lo entregó mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Volviéndose a los discípulos, dijo en privado: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Pues les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron”.

Adviento es un tiempo para aguzar la mirada espiritual. Porque la fe consiste en recibir de Dios una mirada para ver las cosas de otro modo. Sin temor a equivocarnos y sin ser presumidos, la fe consiste en recibir un don que nos permite ver las cosas según los “ojos” del mismo Dios. “Nadie puede conocer al Hijo sino el Padre, y nadie puede conocer al Padre sino el Hijo”. Esa mirada de Dios, Jesús vino a enseñárnosla. Por eso nació en el pesebre, para hacerse uno como nosotros y mostrarnos lo que agrada a Dios. En realidad, lo que le agrada al Padre es darse a conocer. Dios no es celoso, su poder no tiene un céntimo de temor, porque es el poder del amor y no el poder de la dominación.

¿Qué perspicacia ha producido en nosotros la fe para mirar la historia de Jesús?