14 de octubre

Bienaventurado el vientre que te llevó. “Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios”

(Lc 11, 27-28)

Si bien el texto lo constituyen dos versículos, en él hay varias experiencias que acompañan el misterio de la Palabra en la meditación, profundización y oración. El primero, el de la mujer que grita cuando Jesús hablaba a la multitud; en el mundo judío la multitud la conformaban los hombres, sin embargo, es la mujer de entre la multitud la que reconoce el origen de Jesús, “hijo de mujer”; el rechazo y la exclusión de la sociedad de la época a la mujer es acogido en la persona de Jesús, quien la escucha.

Lo que podría considerarse un simple grito de la mujer en medio de la multitud e ignorarlo, el anuncio que ella hace constituye la centralidad del misterio cristológico del Hijo de Dios, quien precisamente por la Encarnación, María es instrumento de salvación para su pueblo. Lo que puede ser motivo de “bienaventuranza” para la madre no lo es en sí mismo para ella sino para todo el género humano que por la Palabra, hecha carne, le es dada a conocer a la humanidad entera, de ahí, que el escucharla y cumplirla conduzca a toda la multitud a la gracia de la salvación en la persona de Jesús.

 

Reflexionemos: El anuncio de los misterios de Jesús son sólo una palabra que acontece en la cotidianidad de mis días o verdaderamente la Palabra constituye para mí un camino que me lleva a la escucha profunda de la voluntad de Dios en mi vida. Así como María que escuchaba y guardaba todo en su corazón es preciso permitir a la Palabra la acción propia de su luz en la dinámica de nuestra vida; talvez escucharla no sea de nuestro agrado, sin embargo, reconducirá nuestro caminar, porque “lámpara es tu Palabra para mis pasos y luz en mi camino”.

 

Oremos: Jesús Maestro, como María, creo que la Palabra verdaderamente transforma mi mente, mi voluntad y mi corazón; concédeme la gracia de permanecer atenta a su escucha y diligente a su cumplimiento en mi vida. Amén.

 

Actuemos: En la cotidianidad de mi vida y el mundo de las relaciones interpersonales en que vivo y me muevo me pregunto si oigo o escucho la Palabra. ¿Alcanzo a tener claridad de las dinámicas que se mueven interiormente entre escuchar y oir?

 

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