13 de octubre

 “Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes”

(Lc 11, 15-26)

El capítulo once del Evangelio de Lucas en los versículos anteriores había abordado el tema de la oración, si se coloca el relato de hoy en continuidad, podríamos preguntarnos ¿la oración para qué?

Dos son las respuestas posibles que el texto ilumina. La primera, para combatir el mal, Jesús ha expulsado un demonio, el problema que afrontan los oyentes es la distinción respecto del poder que lo ha expulsado; si “Belzebú, el príncipe de los demonios”, a quien la multitud lo conoce como un dios filisteo, o el poder de Jesús quien echa los demonios “con el dedo de Dios”, signo de la presencia del reino en medio del pueblo.

Las palabras casi a modo de sentencia que son colocadas por el autor sagrado en labios de Jesús: “el que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama”, invitan a la unidad de vida junto a Jesús como experiencia de adhesión. El poder del mal es una tensión constante que causa en la persona desaliento, la hace sentir abatida y talvez la imagen de los siete demonios, indica como el mal permanece, amenaza el espíritu débil, lo desalienta, lo debilita colocando en el corazón de la persona motivaciones absurdas como no es posible, se requiere mucho sacrificio etc., de ahí, que el poder de Belzebú confunda, en cambio, cuando actúa el “el dedo de Dios” libera, sana, convierte, perdona. 

 

Reflexionemos: La oración mantiene la unidad y el poder del mal busca la división, de hecho, la afirmación de Jesús: “todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa” deja en claro en medio de la discusión entre la multitud, como la finalidad de la oración es la de preservar la unidad de la persona, de la comunidad, de la nación, porque precisamente el mal destruye dicha unidad, arruina el bien.

 

Oremos: Jesús Maestro Camino, Verdad y Vida, que el don de la oración alcance en mí la gracia de distinguir entre el bien y el mal, que ella mantenga vigilante mi corazón y los sacramentos sean la gracia de la mano paternal que aleje de mi todo mal. Amén.

 

Actuemos: En la vida cotidiana nos movemos en un mundo muy complejo donde no se alcanza a vislumbrar la fuerza del mal. La experiencia cotidiana de la oración ¿me mantiene vigilante frente a toda división? o ¿dejo que en mi vida aniden fuerzas del mal que logran destruir la unidad personal, familiar y social?

 

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