12 de Julio

San Juan Gualberto, abad
Gn 46, 1-7. 28-30 / Sal 36, 3-4. 18-19. 27-28. 39-40 / Mt 10, 16-23. Feria. Verde.

“No serán ustedes los que hablen,
sino el Espíritu de su Padre”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “Miren, yo los envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sean astutos como las serpientes e ingenuos como las palomas. Pero tengan cuidado con los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas de ellos. Por mi causa serán llevados ante gobernantes y reyes, para que den testimonio a ellos y a los gentiles. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo o qué decir, pues en ese momento se les concederá lo que tienen que decir. Porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hable por ustedes. El hermano entregará al hermano a la muerte y el padre al hijo; los hijos se levantarán contra sus progenitores y les darán muerte. A causa de mi nombre todos los odiarán, pero el que persevere hasta el final se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. En verdad les digo que no terminarán de recorrer las ciudades de Israel, hasta que venga el Hijo del hombre”.

Al amor de Dios y su ternura, que hemos vuelto a recuperar en la predicación y en la presentación del rostro del Dios cristiano, pareciera oponerse a la división de la que habla Jesús en el evangelio de hoy: “El padre entregará a su hijo a la muerte”. En realidad no hay división sino para quien no ha sido capaz, por medio de una vida espiritual profunda, de hacer las síntesis insospechadas que la experiencia de fe produce en el corazón humano. Porque Dios quiere la reconciliación entre los seres humanos, pero Él mismo ha sido crucificado por el odio. Es el sorprendente “misterio de la iniquidad” que hace que la bondad misma sea aborrecida. Solo el espíritu puede dar palabras de sabiduría para expresar y vivir esa contradicción.

¿Oramos por los cristianos perseguidos e incomprendidos?