11 de Agosto

19.º Domingo del Tiempo Ordinario
Sb 18, 6-9 / Sal 32, 1. 12. 18-20. 22 / Hb 11, 1-2. 8-19 / Lc 12, 32-48. Propio, salterio de la 3.ª semana. Verde.

“Estén preparados”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le pareció bien darles el reino. Vendan sus bienes y den limosna. Hagan para ustedes unas bolsas que no se deterioren, un tesoro que no se acaba en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla destruye. Pues donde está su tesoro, allí también estará su corazón. Tengan ceñida su cintura y encendidas las lámparas. Sean como los hombres que esperan a su señor cuando regresa de una boda, para abrirle en cuanto llegue y llame. ¡Felices aquellos siervos a quienes el señor encuentre despiertos cuando llegue! Les aseguro que él se alistará, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si él llega a media noche o en la madrugada, y los encuentra así, ¡felices ellos! Tengan esto en cuenta: si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se metiera en su casa. Ustedes también estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen llegará el Hijo del hombre”.Pedro le preguntó: “Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o también para todos?”. El Señor respondió: “¿Quién es el administrador fiel y prudente, a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre, para repartirle a su debido tiempo la ración de comida?¡Feliz ese siervo si, cuando llega su señor, lo encuentra actuando así! Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si ese siervo dice en su corazón: ‘Mi señor demora en llegar’, y empieza a golpear a los criados y a las criadas, a comer y beber y emborracharse, llegará el señor de ese siervo, el día en que no lo espera y a la hora que no sabe, lo castigará duramente y le asignará la suerte que merecen los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no preparó nada ni cumplió su voluntad, recibirá muchos azotes. Pero el que no la conoce y hace algo que merece azotes, recibirá pocos. A todo el que mucho se le dio, mucho se le exigirá; y al que mucho se le confió, mucho más se le pedirá”.

¿Dónde está nuestro corazón? Si observamos realmente nuestra actitud, podremos saber realmente dónde tenemos el corazón anclado. Si en Jesús o en algo pasajero. Porque el que está afincado en Dios no se altera, no se perturba rápidamente ante la demora. El que tiene puesta su esperanza en Dios no desfallece ni se enfría en su ardor por vivir el evangelio, por ser fiel a lo que prometió. Los que no tienen su corazón en Dios, en cambio, vacilan fácilmente, no perseveran, no son capaces de una vigilancia sostenida; no aguantan la prueba del tiempo. Esa fidelidad que hace que el siervo cumpla su tarea aunque el señor se demore, esa fidelidad viene de una firme y recta esperanza. Porque en ese corazón no entran ciertos ladrones ni ciertos insectos: ni la polilla de la desilusión, ni el ladrón del desencanto y el temor. Un corazón afincado en Dios no se desmorona ante la oposición; un corazón anclado en Jesús avanza con firmeza hacia la meta que espera.

¿Qué signos reconocemos en nuestra vida de fe que nos indican que permanecemos
fieles a la tarea que nos encomendó el Señor?