10 de Junio

María, Madre de la Iglesia
Gn 3, 9-15. 20  (Hch 1,12-14) / Sal 86 (87), 1-3.  5-7 / Jn 19, 25-34. Propio de la MO. Blanco.

“Ahí tienes a tu hijo”. “Ahí tienes a tu madre”

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María
Magdalena. Entonces Jesús, al ver a la madre y junto a ella al discípulo que amaba, dice a la madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió entre los suyos. Después de esto, Jesús, consciente de que todo se había cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre; empaparon en él una esponja, la pusieron en una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Al probar el vinagre, dijo Jesús: “Todo se ha cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Era el día de preparación para la Pascua, y los judíos, para que los cuerpos no quedaran en la cruz el sábado –pues aquel sábado era un día solemne–, pidieron a Pilato que mandara quebrar las piernas de ellos y los retiraran. Los soldados fueron y quebraron las piernas del primero y también del otro que habían sido crucificados con Él. Pero, cuando se acercaron a Jesús, como vieron que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, e inmediatamente salió sangre y agua.

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a Aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y la “mujer” se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría. En tiempos de dificultad, de prueba, de oscuridad, la vemos a ella como un modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solamente nuestro bien. Pensemos en ello, ¡tal vez nos hará bien reencontrar a María como modelo y figura de la Iglesia por esta fe que ella tenía! Nuestra Señora quiere traernos a todos el gran regalo que es Jesús; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así, la Iglesia es como María. Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de cada comunidad eclesial se refleje el modelo de María, Madre de la Iglesia (S. S. Francisco).

¿De qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente del amor?