8 de octubre

“Arrendará la viña a otros labradores”

(Mt 21, 33-43)

 

La parábola de los viñadores homicidas que hoy presenta el texto del Evangelio no tiene otro destino sino el de presentar el destino final de Jesús, el Hijo del Padre, quien habiendo asumido el proyecto del Padre: “siendo de condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios”, vive el destino de su muerte. Desde esta perspectiva el público destinatario de la parábola es también definido en el texto, son los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, son ellos quienes van a hacer posible el destino final de Jesús sobre la cruz. La disposición de la viña no está lejos del amor misericordioso de Dios al ofrecernos en la persona de su Hijo lo mejor de sí mismo y la forma como dispuso la viña habla de haberlo dado todo de sí: la construcción de la torre, el lagar, el plantar.

Los criados que fueron enviados a recoger los frutos de la viña de su amo y que fueron asesinados, a lo largo de la historia de la salvación representan la vida de los profetas, quienes corrieron la misma suerte: apaleados, apedreados y muertos. La muerte del propio Hijo ha sido portadora de luz y salvación para quienes le han invocado y le han reconocido como el Resucitado. De hecho, de la fuerza y el misterio de la Resurrección fueron destinatarios primeros los gentiles y luego los judíos, para quienes la cruz era escándalo.

 

Reflexionemos: Dos son las actitudes que emergen, si la parábola de la viña es la disposición de la vida cristiana. La primera, la disposición para cuidar la viña, realmente la mantenemos como la ha entregado el Padre y mucho mejor porque la amamos y la conservamos. La segunda, como los labradores, pretendemos ser los dueños de la viña matando incluso al heredero para apoderarnos de ella o hacemos uso de lo que nos ha sido dado como don y gracia para nuestro provecho personal.

 

Oremos: Jesús Maestro, he recibido la gracia del cuidado de la viña con todos sus dones, ilumina mi mente para que mis decisiones no atenten contra ella, fortalece mi voluntad para no buscar otros intereses y purifica mi corazón para que al final de mis días el dueño de la viña me encuentre digno de ella. Amén.

 

Actuemos: En el camino de la vida cristiana ¿qué actitud deseo cultivar? La de los viñadores homicidas o la del propietario que cuida su vida.

 

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