8 de Julio

San Adriano III, papa
Gn 28, 10-22a / Sal 90, 1-4. 14-15ab / Mt 9, 18-26. Feria. Verde.

Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, y vivirá

En aquel tiempo mientras Jesús hablaba, se le acercó uno de los jefes, se postró ante Él y le dijo: “Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella y vivirá”. Jesús se levantó y lo siguió junto con sus discípulos. En eso, también una mujer, que sufría hemorragias desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto.Ella pensaba: “Si tan solo toco su manto, quedaré sana”. Entonces Jesús se volvió, la vio y le dijo: “Ánimo, hija, tu fe te ha salvado”. Desde ese momento la mujer quedó sana. Jesús llegó a la casa del jefe, vio a los flautistas y el alboroto de la gente y dijo: “Retírense. La niña no murió, sino que duerme”. Y se burlaban de Él. Cuando echaron fuera a la gente, Jesús entró, tomó la mano de la niña y ella se levantó. Y esa noticia se divulgó por toda aquella región.

El evangelio de hoy nos dice que la muerte parece ser un obstáculo para la fe: la lamentación ante la muerte, con flautas y plañideras, parece gritar más fuerte que la vida. Pero la mujer del evangelio nos da una pista para vencer los obstáculos de la fe, esta no pide nada extraordinario sino un gesto de confianza: tocar tan solo el borde del manto de Jesús, dejarse imponer las manos por Jesús y la muerte no será la última palabra. La fe es difícil porque es ante todo un gesto de confianza gratuita que damos a Dios. Confiar en Dios es como firmar un cheque en blanco. Pero el evangelio y todos los testimonios de los santos nos aseguran que ese acto de confianza produce vida y resurrección.

¿Cómo está nuestra fe?, ¿se ha vuelto cada vez más un acto de entrega amorosa a Dios?