4 de diciembre

“Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos”

(Mt 8, 5-11)

Cafarnaúm es el lugar que hoy nos conduce al consuelo en la persona del centurión romano, de quien es ejemplar la experiencia de su fe. Al centurión lo motiva a colocarse en camino, al encuentro con la persona de Jesús, la estima que tiene que por su criado y la forma como ese amor que siente por él lo hace sufrir: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Y esta compasión suscita de inmediato en Jesús entrañas de misericordia: “Voy a curarlo”. Sin embargo, el centurión sabe de sus propias parálisis y le responde a Jesús: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”. Y comparte con Jesús una experiencia que para el centurión es vital: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Precisamente él vive actitudes fundamentales de confianza que lo llevan a poder constatar que verdaderamente es así: “Porque yo vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: ‘Ve’, y va; al otro: ‘Ven’, y viene; a mi criado: ‘Haz esto’, y lo hace”. La experiencia que ha vivido el centurión a nivel humano lo lleva a percibir que, si así se realiza operativa y funcionalmente en un sistema, cuanto más quien es alcanzado por la misericordia de Dios.

Esta disposición de apertura total del centurión a la novedad de la persona de Jesús y lo que de él ha escuchado lo lleva a la admiración de Jesús: “En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Se necesita esta fe del centurión para abrazar la Encarnación del misterio de Dios en nuestra vida, que acontece en esas realidades sufrientes y palpitantes de nuestro pueblo, de nuestra gente.

 

Reflexionemos: El mensaje de la Palabra nos invita a vivir un encuentro auténtico con la persona de Jesús, de hecho, el centurión se acerca a Él y hace posible la experiencia de confianza y abandono desde el dolor o el sufrimiento del corazón, desde la experiencia de aquello que nos hace sufrir.

 

Oremos: Padre bueno y Dios de la vida, concédeme la gracia de dejarme conmover por el dolor y el sufrimiento de los demás, que me mueva y me conmueva a gestos de solidaridad. Amén. 

 

Actuemos: En este tiempo especial, ¿qué experiencias de dolor y sufrimiento puedo acompañar?

 

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