3 de mayo

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” 

(Jn 3, 13-17)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y como nos lo dice la primera lectura, en el desierto, durante la travesía hacia la tierra prometida, el pueblo de Israel afrontó el episodio de las serpientes venenosas que tanto abundan en esas tierras. La solución llegó cuando Moisés, en medio de su diálogo con Dios, recibió la orden de hacer una serpiente de bronce que debía alzar en lo alto para que todo el que la mirara quedara curado de las mordeduras mortales.

Jesús se valió de este texto del Antiguo Testamento para hacer comprender su misión a la humanidad: ante el veneno mortal del pecado y la muerte que lo desmorona todo, él será levantado en lo alto, y todo el que lo mire con fe recibirá la salvación y la vida eterna. Porque quien está clavado en lo alto de la Cruz es el mismo Hijo de Dios, el amado del Padre; porque Dios quiere ante todo salvar y dar vida.

 

Reflexionemos: Señor Jesús, gracias por el madero de la cruz, gracias por entregar en ella tu vida por mí, gracias por la redención que nos viene de este madero. Enséñame a amar tu cruz.

 

Oremos: Padre de la vida y del amor, danos esa mirada de fe en la Cruz de tu Hijo amado que nos perdona y salva. Amén.

 

Actuemos: Maestro bueno, hoy quiero llevar mi cruz, la de mi sufrimiento, con alegría, con la frente en alto, con dignidad, porque sé que ella es el precio que tú pagaste por amor a mí.

 

Recordemos: “Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él, tenga vida eterna”.

 

Profundicemos: Solo desde la oración y el amor puedo comprender el gran misterio del leño del madero que se convirtió en la Cruz del Hijo de Dios, que me ama, me perdona y me salva.

 

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