23 de Marzo

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo
Mi 7, 14-15. 18-20 / Sal 102, 1-4. 9-12 / Lc 15, 1-3. 11-32.
Feria. Morado.

“Este hermano tuyo estaba muerto y resucitó”

En aquel tiempo, todos los cobradores de impuestos y los pecadores se acercaban para escuchar a Jesús. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Ese recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola:Y dijo: “Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte del patrimonio que me toca’. El padre les repartió los bienes. Después de algunos días, el hijo menor juntó todo y se fue de viaje a una región lejana. Allí derrochó su patrimonio, viviendo de una manera desenfrenada. Cuando gastó todo, hubo una gran hambre en aquella región y él comenzó a pasar necesidad. Fue y se arrimó a uno de los habitantes de aquella región, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Quería saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Reflexionó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros’. Se levantó y fue hacia su padre. Cuando estaba todavía lejos, su padre lo vio y se llenó de compasión. Corriendo, se echó sobre su cuello y lo besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo’. El padre dijo a sus siervos: ‘Rápido, traigan el mejor vestido y pónganselo, colóquenle un anillo en su mano y sandalias en los pies. Traigan el ternero gordo. Mátenlo, comamos y celebremos. Porque este hijo mío estaba muerto y volvió a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzaron a celebrar. El hijo mayor estaba en el campo. Cuando volvió y estaba cerca de la casa, escuchó la música y el baile, y llamó a uno de los criados para preguntarle qué estaba sucediendo. Él le respondió: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el ternero gordo, porque lo recuperó sano’. Él se enfureció y no quería entrar; pero su padre salió y le insistía que entrara. Él, replicando, dijo a su padre: ‘Mira, hace tantos años que te sirvo, sin desobedecer nunca tus órdenes, y a mí nunca me diste un cabrito para celebrar con mis amigos. Pero ahora que llegó ese hijo tuyo, que ha devorado tus bienes con prostitutas, mataste el ternero gordo’. Pero él le dijo: ‘Hijo, tu siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo; pero era necesario celebrar y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y volvió a vivir, estaba perdido y fue encontrado’”.

Lo único que realmente mueve el corazón a una profunda conversión es el amor de Dios. Con la parábola de hoy, Jesús nos lanza algunas preguntas a nuestra fe: ¿No es más bien el hijo, que llega de lejos, un muerto que vuelve a la vida en lugar de un depravado? ¿Acaso no está el otro hijo que se quedó en casa más perdido que el que despilfarró la herencia, porque está perdido no en un país lejano sino en su propio resentimiento? “¿No será Dios como un padre que mira a sus criaturas con amor increíble y busca conducir la historia humana hacia una fiesta final donde se celebre la vida, el perdón y la liberación definitiva de todo lo que esclaviza y degrada al ser humano?” (J. A. Pagola).

¿Qué imagen de Dios tenemos que derrumbar para acoger al Dios que se nos ofrece a través de esta parábola?