23 de Abril

De la Octava de Pascua
Hch 2, 14a. 36-41 / Sal 32, 4-5. 18-20. 22 / Jn 20, 11-18. Propio. Blanco.

María Magdalena les contó a los discípulos que había visto al Señor y lo que Él le había dicho

En aquel tiempo, María se había quedado llorando afuera, junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y ve a dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y el otro a los pies. Le dicen ellos: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Ella les dice: “Porque se llevaron a mi Señor y no sé dónde lo pusieron”. Dicho esto, se volvió y ve a Jesús, que estaba allí, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?”. Ella, pensando que era el jardinero, le dice: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo pusiste, y yo lo recogeré”. Jesús le dice: “¡María!”. Ella se vuelve y dice en hebreo: “Rabbuní” –que significa “Maestro”–. Jesús le dice: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, que es el Padre de ustedes; a mi Dios, que es el Dios de ustedes”. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: “He visto al Señor y esto es lo que me dijo”.

En el evangelio de hoy, Juan dice que María Magdalena experimentó a Cristo Resucitado, que su testimonio era fruto de la experiencia: “He visto al Señor y esto me dijo”. Jesús Resucitado le tocó el corazón, purificó su mirada con las lágrimas, y ella pudo recibir de Él su identidad y su dignidad: “¡María!”. María Magdalena es un símbolo de la vida cristiana: por su amor, por su búsqueda, por su escucha, por su coraje, por su femineidad, que recuerda a todos los creyentes el “rostro materno de Dios”.

¿Cómo hemos descubierto la presencia de Cristo en nuestra vida?