20 de Marzo

 Si ustedes no se arrepienten, todos por igual van a perecer

 (Lucas 13, 1-9)

 

Permitamos que la Palabra del Señor toque nuestra vida.

Después de haberse presentado en  Nazaret como el Profeta enviado por  Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia, Jesús sigue repitiendo “Dios está ya cerca”,  mientras sigue abriendo sendas par aun mundo  más humano,  pero con la certeza de que para cambiar el mundo, es necesario que cambie primero el ser humano.

Y llegan al él  unos desconocidos  con la   noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo; cuyo  autor ha sido, una vez más, Pilato. Y Jesús les recuerda la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cerca a la piscina de Siloé, en Jerusalén. Y sin detentarse en las desgracias, hace de ambos sucesos esta afirmación: ¡las víctimas no eran más pecadores que los demás! Y volviendo su mirada a los presentes los enfrenta consigo mismos exhortándolos a escuchar en estos acontecimientos la llamada que Dios les está haciendo a cambiar de vida: «si no se convierten  todos van a perecer».

 

Reflexionemos:

Dios no quiere el sufrimiento, pero está presente en todo lo que acontece para invitarnos a través de todo a volver a El de corazón. ¿Se  leer en las situaciones difíciles que vivo, los llamados que Dios me hace a conversión?  ¿Qué cambios de modo de ver y de vivir me está pidiendo el Señor?  ¡Conviérteme Señor! 

 

Oremos:

Señor danos una mirada de fe para saber percibir en los acontecimientos que nos desconciertan, los llamados que en tu bondad nos estás haciendo para evitar querer nos perdamos. Ayúdanos a cambiar lo que nos pides. Amen.

 

Recordemos:

¿Piensan que los que murieron en Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no. Y si ustedes no se arrepienten, van a perecer todos por igual”

 

Actuemos:

Cuando me encuentre ante un problema me preguntare: a través de esta situación que me está pidiendo el Señor

 

Profundicemos:

Los acontecimientos dolorosos de la vida no son la clave para ver la relación de Dios con nuestro prójimo. Dejemos de calcular cómo están los demás ante Dios e interesémonos más por nuestra propia conversión. Papa Francisco

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