15 de abril

“Trabajen no por el alimento que perece, sino por el que perdura para la vida eterna” 

(Jn 6, 22-29)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Después del signo de la multiplicación de los panes, gracias a la presencia del muchacho que los había portado hasta la multitud, y de Andrés, quien conociendo a su Maestro mantenía viva la esperanza, en el contexto del mar de Tiberíades, donde les era familiar a los discípulos la experiencia del reconocimiento del Maestro, por los signos del pan y el pescado, la multitud seguía a Jesús, no tanto por los signos, sino por el milagro del pan que les había saciado.

El seguimiento de la persona de Jesús en el corazón de los discípulos tiene sus momentos de gracia y purificación, de lo necesario e indispensable del pan es preciso que el discípulo pase a una experiencia de relación que lo lleve a una adhesión, capaz de dar la vida como su Maestro, de ahí, el trabajo del discípulo por el alimento que no perece es mucho más arduo y a la vez profundo; no se trata solo de un encuentro que sacie el hambre, porque las motivaciones pueden transformarse en el momento de ser saciados, en cambio la adhesión mantiene el corazón anclado a la profundidad del amor del Hijo en el amor del Padre, quien le ha enviado.

El alimento prevé en la persona el sostenimiento físico, así mismo el alimento espiritual sostendrá al cristiano en la prueba de su fe, especialmente a través del dinamismo sacramental de la Eucaristía, que viene dado a la comunidad creyente como un don que sostiene la esperanza, escatológicamente, si así queremos llamarla, de la eternidad gozosa.

 

Reflexionemos: Vivo la Eucaristía en mi vida cristiana como una experiencia de vida que sostiene y alienta mi fe cotidiana y a la vez dispone mi ser hacia la eternidad o por el contrario, ha quedado atrapada en la realidad de una cita social más, que me permite estar bien en un momento y tiempo determinado.

 

Oremos: Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida, gracias por el alimento dado a mí, pobre y débil discípulo tuya. Que el misterio de la Palabra y la Eucaristía que acompaña mi vida y mi existencia hoy, perdure en la vida y me permita contemplar desde ya el horizonte de la eternidad sin fin. Amén.

 

Actuemos: Me pregunto, ¿busco a Jesús e incluso las experiencias de la Iglesia, por saciar las necesidades materiales e inmediatas como las del pan material? o ¿participo de ellas por la convicción de una fe más profunda, que vincula mi existencia con la dimensión trascendente de la eternidad?

 

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