11 de octubre

“Señor, enséñanos a orar”

(Lc 11, 1-4)

 

Generalmente los evangelios sinópticos describen el lugar de oración de Jesús en el monte, sin embargo, hoy el texto que seguimos en la liturgia dice que “Jesús ora en cierto lugar”, sin duda, ese lugar será el lugar de la manifestación de Dios. En la dinámica de la vida humana hay un deseo grande e infinito de trascendencia y la oración es el espacio de relación con Dios que busca la unidad de mente, voluntad y corazón para intentar vivir en armonía con quienes nos rodean.

La comunión que el Hijo vive con el Padre es una comunión de la cual los discípulos son testigos y a la vez se comunica y se contagia, de hecho, por eso uno de los discípulos le dice: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Este testimonio orante del Hijo coloca en el corazón del discípulo, el deseo y la sed de oración, la profunda relación que vive Jesús con su Padre es la que comunica a sus discípulos en el momento de enseñarles a orar.

La oración que Jesús enseña es la que hoy conocemos como Padre nuestro y lo primero que busca es colocar al discípulo en relación con su Padre como Jesús lo hace: “Padre, santificado sea tu nombre” haciendo desde ya posible la experiencia del reino entre nosotros. Sin embargo, este encuentro no puede ser intimista porque la oración inmediatamente coloca al discípulo en relación con sus hermanos: “danos hoy el pan cotidiano, perdona nuestros pecados, no nos dejes caer en tentación”, son peticiones que tienen como trasfondo la comunidad de discípulos, lugar donde se vive la oración.

 

Reflexionemos: La oración es una experiencia de relación con Dios y con los hermanos, es allí donde se vive las auténticas experiencias de vida cristiana, donde se prepara el misterio de la cruz y se acoge a través del perdón y la solidaridad, sólo entonces la oración no será un eco de la voz que se queda en palabras sino la fuerza de una vida que provoca deseo de trascendencia, de encuentro, como el del Padre con el Hijo.

 

Oremos: Jesús Maestro, que en cada amanecer eleve mi plegaria de acción de gracias que brota del corazón porque tú eres mi Padre y que, al anochecer, después de tantos gozos y fatigas vividas, agradezca el don del encuentro con quienes amo y que amándolos viva junto a ellos el perdón mutuo. Amén.

 

Actuemos: Cómo vivo mi experiencia de oración cotidiana: ¿cómo un rito repetitivo de fórmulas y oraciones o como una experiencia de encuentro con Dios y con los hermanos?

 

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