“El que pierda su vida por mi causa la salvará”.
(Lc 9, 22-25)
La Palabra en nuestra vida
El evangelista Lucas introduce a sus lectores en el misterio de la pasión, muerte y resurrección colocando a Jesús de camino hacia Jerusalén, lugar donde la celebración de la Pascua estará marcada por el misterio de una cruz que dejará de ser signo de condenación para transformarse en gracia y salvación. El texto que hoy la liturgia proclama constituye el primer anuncio de la pasión de otros que serán colocados en el largo camino hacia Jerusalén que recorrerá Jesús. El itinerario cuaresmal que vamos a vivir tiene una meta concreta, el gozo de la resurrección, pero no es posible llegar a ella sin el misterio de la cruz, de ahí, que Jesús la haga suya: “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Si bien Jesús gozaba de la condición de ser el Hijo de Dios también es cierto que lleva en su vida la marca de la humanidad, de ahí, que Jesús comienza en su vida interior, en la condición de sus sentimientos a aguardar, a preparar; porque nadie llega al final de una meta de forma improvisa, el camino es preciso recorrerlo, sentirlo, desearlo y aguardarlo. Poco a poco Jesús va a ir revelando su identidad, va comunicando con su ser la forma de acoger un misterio en la vida que muchas veces nos sobrepasa, la voluntad de Dios. De ahí que al final del camino aguarda el misterio: “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. La cruz colocó a Jesús en camino hacia Jerusalén, sin embargo, quien anhela y desea vivir la pascua hoy somos cada uno de nosotros, por tanto, es preciso preguntarnos si estamos recorriendo el camino con la cruz y ¿hacia dónde?, ¿cuál es nuestro destino?
Reflexionemos: También nosotros nos colocamos en un camino caracterizado por el camino cuaresmal que hemos emprendido con el signo de la ceniza. Es preciso preguntarnos ¿cómo queremos recorrer este camino y a que meta queremos llegar? Nuestro destino será el misterio de la celebración de la Pascua en la Jerusalén de nuestra vida.
Oremos: Jesús Maestro, el misterio de la cruz también a mí me escandaliza. La invitación de negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirte no es fácil abrazarla hoy cuando la lógica del mundo nos conduce por otros caminos menos adversos y fatigantes. Enséñame a dirigir mis pasos hacia ti. Amén.
Actuemos: En mi vida hoy: ¿qué realidad de la cruz estoy viviendo y ella hacia qué camino está conduciéndome?
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