“El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado”
(Lc 4, 1-13)
Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida
El itinerario cuaresmal que hemos iniciado el primer domingo de cuaresma nos coloca en un lugar específico: el desierto, con una actitud concreta: la tentación. Realidad que Jesús, el Hijo de Dios, experimentó después del bautismo, según la narración del autor sagrado, quien además hace énfasis en el tiempo, cuarenta días que permaneció en este movimiento interior. El desierto es el lugar de la prueba, de la purificación, del paso de la esclavitud a la liberación, al gozo de la tierra prometida, según las narraciones del libro del Éxodo. El desierto no es solo un lugar físico, también es un lugar del estado de ánimo de la persona, tantas realidades existenciales pueden conducir el corazón al desierto, donde falta el agua y el sol es imponente. La tentación, según san Lucas, aparece al final cuando sintió hambre, antes había sido posible permanecer sin comer y en esta carencia aparece el diálogo con el diablo, quien le señaló a Jesús aspectos fundamentales de la dinámica humana, que al carecer de ellas aparecen como absolutas e imprescindibles, porque responden a la dinámica de la realización personal: el tener, el poseer, el placer, de hecho, el poder de los reinos siempre había sido ambicionado y el pueblo de Jesús era parte del reino romano, Jerusalén era el centro del culto religioso y político, por tanto, habitar en medio de él era parte de la realización del momento. La forma como Jesús concluye la narración de las tentaciones: “no tentarás al Señor, tu Dios” es una invitación a acoger la gracia como don, la misericordia como manifestación de la gratuidad y la fidelidad como la aceptación de la voluntad de Dios en nuestra vida. Los cuarenta días nos acercan a la experiencia simbólica del número que en otros textos es narrada en cuarenta años, cuarenta generaciones, para expresar el tiempo de Dios en que Él actúa y se manifiesta con su gracia y salvación.
Reflexionemos: Las tentaciones en el camino de la vida y la existencia humana hacen parte de la condición que nos lleva a enfrentarnos con lo más profundo de nuestro ser, pero a la vez son la más valiosa oportunidad para abrazar la misericordia de Dios que nos devuelve como hijos a su ser de Padre.
Oremos: Padre bueno, durante este tiempo cuaresmal me llamas al camino del desierto como un tiempo de gracia y de purificación interior. Concédeme el don de recorrerlo, encontrarme contigo y nacer de nuevo. Amén.
Actuemos: ¿Cuál es el desierto al que Jesús me invita en este año de gracia jubilar? ¿Cuál es el lugar para vivirlo y ofrecerlo?
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