4 de abril

“Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día” 

(Lc 24, 35-48)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

La narración del Evangelio de hoy es continuidad de la experiencia de los discípulos de Emaús y la escena está marcada por el encuentro de los discípulos con la comunidad en Jerusalén, para contar lo que habían vivido. Sin embargo, de nuevo el encuentro con el Resucitado se vuelve una experiencia difícil de comprender, porque al presentarse Jesús en medio de ellos y bendecirlos con su paz sienten la presencia de un espíritu que los llena de miedo como reacción física, pero el momento dramático es aún más fuerte porque la duda perturba el corazón.

Ante la duda, el temor y el terror experimentado por los discípulos frente a la aparición de Jesús, la cruz que habían contemplado con dolor era su única certeza, de ahí, que el Maestro vuelva a la cruz para evocar los clavos de las manos y los pies. El camino del discipulado es una experiencia de fe que atraviesa el misterio del reconocimiento, como afirma el evangelista: “pero como no acababan de creer”.

Y coloca dos realidades que pueden enceguecer la fe completamente: la alegría, que si bien es buena, emocionalmente afecta la comprensión real y objetiva de las situaciones, y por otra parte, el permanecer atónitos, es decir, casi que paralizados, pasmados… realidad que no posibilita el movimiento.

De nuevo la experiencia de la cena devolverá a los discípulos a la relación profunda junto a su Maestro y a la certeza de su presencia viva en medio de ellos. Es la experiencia de la cena la que mueve el encuentro, el permanecer juntos lo que los devuelve a lo más auténtico de lo que habían vivido junto a su Maestro y con él había adquirido sentido.

Ahora era preciso para los discípulos vivir este sentido desde la experiencia del Maestro resucitado: “Él lo tomó y comió delante de ellos”. De nuevo, en la comunidad de los discípulos, es preciso volver a la memoria de la Sagrada Escritura para recuperar el sentido de lo que es, pero no se ve: “era preciso que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas, y en los salmos acerca de mí”. Entonces se les abrió el entendimiento, comprendieron lo que estaban viviendo, hicieron experiencia del Resucitado, ya no como quien comió con ellos, sino como quien no estando está presente porque es testigo de lo que se vivió junto al Maestro.

 

Reflexionemos: La experiencia de la resurrección se teje en torno a la comunidad que pasa del miedo a la alegría, de la falta de comprensión al reconocimiento de la Palabra.

 

Oremos: Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida, te haces uno de nosotros en la mesa del pan partido, que partiendo nuestro pan nos hagamos uno junto a los nuestros. Amén.

 

Actuemos: Los encuentros en torno a la mesa, ¿qué relaciones ayudan a tejer?, ¿qué memorias permiten recordar?

 

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