31 de mayo

 

“Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1, 46)

 

Llegamos al último día del mes de mayo conmemorando la Visitación de la Virgen María. Fiesta que nos remite al momento en que ella parte deprisa a la región montañosa de Judá, para visitar a su prima Isabel y compartirle la alegría, del gran don del cual es poseedora: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” Alegría que nos lleva a reconocer el papel protagónico del Espíritu Santo en la historia de la salvación. En primer lugar, gracias a él, María e Isabel en contraposición a su condición natural, una virgen y la otra anciana, logran concebir y dar vida a dos grandes figuras de la Nueva Alianza: Jesús y Juan el Bautista. En segundo lugar, este mismo Espíritu es quien lleva a María, a reconocer y cantar la acción liberadora de Dios en la historia de su pueblo: Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.  Pidamos al Espíritu Santo, que nos ayude al igual que a María, a reconocer los signos de salvación a través de los cuales Dios actúa en nuestra historia y abre camino a la esperanza.

 

Reflexionemos:

¿Cómo experimentamos la acción del Espíritu Santo en nuestra vida?, ¿qué signos de vida y salvación podemos reconocer en la realidad actual que vivimos?

 

Oremos:

Enséñanos, Virgen, María, a ser personas dóciles, abiertas y disponibles a la acción del Espíritu Santo. A ponernos en camino como tú, para ir al encuentro de todos aquellos que necesitan de nuestro apoyo y consuelo. A testimoniar la alegría que Dios trae a nuestra vida. Amén.

 

Recordemos:

El Espíritu Santo nos mueve como a María a ponernos en camino para testimoniar con fe y alegría las enseñanzas de Jesús.

 

Actuemos:

Visitemos en este día a alguna persona que necesite de nuestro apoyo o consuelo.

 

Profundicemos:

La vida de la Virgen María nos enseña la importancia de ser dóciles al Espíritu Santo y dejarnos conducir y transformar por él (Libro: Las glorias de María).

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