3 de octubre

“Tomó la decisión de ir a Jerusalén”

(Lc 9, 51-56)

En el evangelio de Lucas se hace evidente la subida de Jesús a Jerusalén a partir del capítulo noveno y en el trasfondo de este caminar suceden varios acontecimientos que marcan el camino de Jesús y sus discípulos.

El Evangelio de hoy coloca en evidencia dos de ellos. El primero, la relación de los discípulos de Jesús con los samaritanos, quienes iban delante de Jesús para preparar el sitio para el hospedaje. La descripción de este acontecimiento narra la gran problemática existente en la época entre judíos y samaritanos, más allá del problema de límite geográfico, el texto hace énfasis en el segundo aspecto, la actitud de los discípulos.

El texto coloca los nombres de los discípulos: Santiago y Juan, y si hacemos un seguimiento por los Evangelios de éstos nombres pertenecen al círculo más cercano a Jesús, están con Él en la trasfiguración, son quienes lo acompañan a la oración del Getsemaní, es decir, quienes han gozado la experiencia de estar junto a su Maestro, sin embargo, su actitud: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos”  las experiencias vividas con su Maestro. El texto coloca en evidencia una reprensión o llamado de atención de Jesús para con sus discípulos, quien sencillamente hizo caso omiso y fue hacia otra aldea.

 

Reflexionemos: Las actitudes de vida cristiana no se encarnan en nuestra vida por cercanía, de hecho, lo discípulos gozaban de este privilegio, ni por la asidua participación cultual, verdaderamente es una convicción que nace del corazón de la persona y de la rectitud de conciencia, que no busca pagar con la misma moneda sino encarnar el misterio de una fe que se hace vida.

 

Oremos: Jesús Maestro, dame la gracia de comprender el proyecto de Dios Padre en mi vida, que no es conforme a mis deseos y sueños sino conforme a los que Él tiene diseñados para mí. Que en la humildad de lo que soy acoja los designios a veces adversos, a mi modo de ver, y aprenda de ellos la forma como escuchar y acercarme a Dios y su proyecto de amor para mí.

 

Actuemos: ¿cuándo las adversidades confrontan nuestra vida salimos al paso de ellas para acogerlas con disposiciones humanas y vengativas, al estilo de los discípulos, o nos acercamos en actitud de escucha y silencio para descubrir el misterio de lo que Dios comunica a nuestra vida en la adversidad?

 

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