29 de noviembre

“Todos los odiarán a causa de mi nombre,
pero ni un cabello de su cabeza perecerá”

(Lc 21, 12-19)

 

La visión que nos presenta la Liturgia de la Palabra de hoy, al tiempo que nos lleva a contemplar las maravillosas obras de Dios, elevándonos sobre el cielo, nos anuncia también las duras pruebas reservadas a quienes desean servir al Señor. Es maravillosamente hermoso poder unir nuestra voz a la de la multitud innumerable de creyentes que han vencido en la santa batalla de la vida, que no se han dejado engañar por la trampa del mal, y dan así gracias a Dios por salvarlos. Grandes y maravillosas son las obras de Dios. No solo las obras de la creación, más aún las de la redención del hombre. Todas las naciones tendrán que reconocer finalmente que solo nuestro Dios tiene juicios justos, y por eso ante Él se postrarán, pues solo Él es santo y digno de adoración. San Lucas nos dice: persecuciones, prisiones, juicios ante sinagogas y gobernadores… Esto no es suficiente. Incluso algo más grave y un sufrimiento sin precedentes: traiciones de padres, hermanos, parientes y amigos, pena de muerte para algunos, odio para todos a causa del nombre de Jesús. Pero la confianza en la Palabra del Señor da siempre la certeza de la victoria. La muerte ofrece la corona del martirio, el despojo de los bienes, la gloria eterna en el cielo, la persecución hace que uno se parezca a Cristo, incomprendido por los suyos, rechazado, crucificado pero resucitado por el Padre y sentado en el trono por toda la eternidad.

 

Reflexionemos: Frente a la Palabra de hoy preguntémonos ¿Estoy dispuesto a defender mi fe? ¿Soy consciente de lo que implica seguir al Señor?

 

Oremos: Señor, que mi vida sea testimonio de entrega, que a pesar de las adversidades mi corazón confíe en ti, que a pesar de las incomprensiones mi fe se fortalezca. Amén. 

 

Actuemos: En este día voy a testimoniar mi fe con una acción sencilla con los demás.

 

Recordemos: “Todos los odiarán a causa de mi nombre, pero ni un cabello de su cabeza perecerá”.

 

Profundicemos: “Tener fe no quiere decir que no tendremos dificultades en la vida, sino que somos capaces de afrontarlas sabiendo que no estamos solos” (Papa Francisco).

 

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