27 de Octubre

“No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”

(Lucas 13,31-35)

 

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

En el Evangelio de hoy, el Señor se entera que la actitud de Herodes se ha vuelto claramente contra él y quiere matarlo, pero Jesús simplemente anuncia que dentro de poco llevará a cabo el término de su misión, refiriéndose a su Pasión que sabe que le espera en Jerusalén; el Maestro de Nazaret no teme a los poderosos porque su muerte no es algo que dependa de ellos, sino que está en el plan de su Padre Dios que él sigue fielmente y que se enmarca en la tradición de tantos profetas que murieron en Jerusalén. Por eso el Señor se lamenta por la ciudad santa, que también está ciega, (“cuantas veces quise reunir a tus hijos”) ya que a pesar de que él tendrá una entrada triunfal en la ciudad. (“Bendito el que viene en nombre del Señor”), sin embargo, será rechazado y condenado; pero la ciudad será destruida (“a ustedes la casa les quedará vacía”).

 

Reflexionemos: ¿Mantenemos las disposiciones espirituales para enfrentar diariamente el combate del mal, que nos quiere apartar del amor de Dios?

 

Oremos: Señor convierte nuestro corazón de piedra en otro de carne, capaz de agradecer el amor que nos muestras, haz que nada ni nadie nos aparte del amor de Cristo. Amén.

 

Recordemos: La voluntad de Dios es, a fin de cuentas, lo único que cuenta en esta vida.

 

Actuemos: Seamos esos profetas de la actualidad para dar testimonio de nuestro encuentro con el Señor a nuestros hermanos, enseñándoles que Dios es un Dios tierno y espera que se cobijen bajo la sombra de sus alas, porque quiere lo mejor para nosotros.

 

Profundicemos: Les digo que no me verán hasta el momento en que digan: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

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