26 de noviembre

“Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros”

(Mt 25, 31-46)

 

Estamos ante una escena fuerte y dramática, el «juicio universal», que en realidad es el desvelamiento de la verdad última de la vida, la revelación de lo que queda cuando no queda nada: el amor. El Evangelio responde a la más grave de las preguntas: ¿qué has hecho de tu hermano? Lo hace enumerando seis obras, pero luego va más allá: “¡lo que hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis!” Jesús establece un vínculo tan estrecho entre él y los hombres, que llega a identificarse con ellos: ¡tú me lo hiciste a mí! El pobre es como Dios, cuerpo y carne de Dios; el cielo, donde habita el Padre, son sus hijos.

Aquí vemos un Dios que tiende la mano porque le falta algo, esto es algo que trastoca todas las ideas anteriores sobre lo divino. Es enamorarse de este Dios amoroso y necesitado, mendigo de pan y hogar, que no busca veneración para sí mismo, sino para sus amados. Los quiere a todos saciados, vestidos, curados, liberados. Y mientras uno sufra, él también sufre. Ante este Dios de amor, ¿cómo no enamorarnos?, ¿cómo no acogerlo? Es la ocasión para entrar en su corazón, en su mundo.

Frente al tema del juicio, su objetivo no es el mal, sino el bien. La medida del hombre y de Dios, la medida última de la historia no es lo negativo o la sombra, sino lo positivo y la luz. La balanza de Dios no pesa sobre el pecado, sino sobre el bien; no pesa toda nuestra vida, sino solo la parte buena de ella.

 

Reflexionemos: La palabra clave en esta reflexión es que la verdad del hombre no son sus debilidades, sino la belleza de su corazón y eso es lo que pesa más en la balanza. Dios mira nuestro corazón, la pregunta es: ¿Cómo miramos nuestro corazón y el de los demás?

 

Oremos: Señor, danos la gracia de estar atentos para que nuestros corazones no caigan en la indiferencia, en la ausencia, en la insensibilidad, sin saber llorar ni abrazar. Que logremos manifestar con nuestra vida el amor que tú nos das. Amén. 

 

Actuemos: Es el momento para mirar lo bueno que hay en nosotros y en los demás, esa es la verdadera conversión.

 

Recordemos: “Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros”.

 

Profundicemos: “Al atardecer de la vida seremos juzgados solo por el amor” (San Juan de la Cruz).

 

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