25 de Diciembre

EL NACIMIENTO DEL SEÑOR
Misa de la noche: Is 9, 1-6 / Sal 95, 1-3. 11-13 / Tt 2, 11-14 / Lc 2, 1-14.

Hoy les ha nacido un Salvador

En aquellos días salió un decreto de César Augusto, para que se hiciera un censo de todos los habitantes del imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a registrarse, cada uno a su ciudad. José, que era de la casa y de la familia de David, también subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, para registrarse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras ellos estaban allí, se le cumplieron a María los días de dar a luz, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. En la misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando su rebaño. Un ángel del Señor se les presentó, la gloria del Señor los rodeó de luz y sintieron mucho temor. El ángel les dijo: “¡No teman!, pues les anuncio una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy nació para ustedes, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y de pronto se unió con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que Él ama!”.

Esta es la noche santa de la ternura divina. No es una noche solo de parranda, de regalos, de cenas. Todo eso es expresión de algo más grande: ¡que Dios está con nosotros! Y no de cualquier manera. En medio de una peripecia tan humana como un censo, en el transcurso de un viaje, le correspondió a María dar a luz a su hijo, al Hijo de Dios. María se vuelve así la Madre de Dios, porque nos regala al Salvador. El Hijo de Dios se digna venir a nuestras vidas, naciendo en un establo, representado en muchos hogares con un humilde pesebre. ¿Quién comprenderá la lógica de Dios? ¿Quién puede pensar que Dios prefiere la sencillez, incluso la pobreza de un sitio donde solo hay animales que se protegen del frío? Ese Dios es alucinante, desconcertante.

¿Qué consecuencias sacamos para nuestra vida al ver a Dios en un pesebre?

Misa del día: Is 52, 7-10 / Sal 97, 1-6 / Hb 1, 1-6 / Jn 1, 1-18.
Propio de la Solemnidad. Blanco.

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio ella estaba junto a Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella nada fue hecho de cuanto se ha hecho. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad; la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron. Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegando al mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por ella, pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a quienes la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio capacidad para ser hijos de Dios. Estos no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni del deseo del hombre, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y nosotros vimos su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio acerca de Él, proclamando: “Este es aquel del que yo dije: El que viene detrás de mí es superior a mí, porque existía antes que yo”. De su plenitud todos nosotros recibimos gracia tras gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad llegaron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que es Dios, que está en el seno del Padre, Él lo dio a conocer”.

El prólogo del evangelio de Juan que leemos hoy es una de las páginas más meditadas y estudiadas por los santos doctores de la Iglesia, por los teólogos y por todos los creyentes cristianos. ¿Por qué? Porque esas líneas van al corazón de la fe cristiana. En efecto, lo típico de la fe cristiana no es afirmar que Dios existe o que hay que creer en Dios. Lo esencial de la fe cristiana es la afirmación según la cual Dios, en Jesús, se ha hecho hombre. Lo esencial de la fe cristiana es reconocer que ese hombre que nació en Galilea era la Palabra eterna que estaba junto a Dios, el Verbo, como lo llama san Juan. Si los cristianos reconocemos que Dios existe, para nosotros ese Dios se nos revela en Jesús, ese campesino de Galilea que con su vida, muerte y resurrección nos enseña cómo es Dios, qué podemos esperar de Él y qué quiere de nosotros.

¿Cómo acogemos a Jesús en nuestra vida de fe?