24 de Abril

De la Octava de Pascua
Hch 3, 1-10 / Sal 104, 1-4. 6-9 / Lc 24, 13-35. Propio. Blanco.

Quédate con nosotros, que ya es tarde

Dos discípulos de Jesús iban de camino a un pueblo llamado Emaús, que se encuentra a unos diez kilómetros de Jerusalén. Ellos conversaban entre sí acerca de todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban impedidos para reconocerlo. Él les dijo: “¿De qué cosa van discutiendo entre ustedes en el camino?”. Se detuvieron tristes y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce las cosas que allí sucedieron en estos días?”. Les preguntó: “¿Cuáles?”. Le respondieron: “Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para condenarlo a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él sería el que iba a liberar a Israel. Además, ya hace tres días que sucedieron todas estas cosas. También algunas de las mujeres de nuestro grupo nos sorprendieron. Ellas fueron temprano al sepulcro y, al no encontrar su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, los cuales dicen que Él vive.También fueron algunos de los nuestros al sepulcro y encontraron todo tal como dijeron las mujeres, pero a Él no lo vieron”. Jesús les dijo: “¡Qué necios son ustedes y qué torpes de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera esto para entrar en su gloria?”. Y empezando por Moisés y por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras. Cuando se acercaron a la aldea a donde iban, Jesús hizo como que seguía adelante. Ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque es tarde y ya anochece”. Y entró para quedarse con ellos. Mientras estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de ellos. Se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y cuando nos explicaba las Escrituras?”. En ese momento se levantaron y regresaron a Jerusalén. Encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “Realmente el Señor resucitó y se apareció a Simón”. Ellos contaban lo sucedido en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan.

Podríamos definir la fe, desde el evangelio de Emaús, como un abrir los ojos: “Entonces los ojos se les abrieron y lo reconocieron”. Abrir los ojos, tomar conciencia de la realidad social y personal, asumir el dolor de la cruz y a través de ella percibir la fuerza resucitadora de Dios, eso lo produce la fe. Notemos que Jesús no hace otra cosa sino hacerles ver el sentido del sufrimiento. Lo primero que hace es escuchar las angustias de sus discípulos, y luego de un reproche, les enseña cómo el dolor de la cruz fue el camino del amor de Dios salvador. Señalemos que abrir los ojos, para percibir a través del dolor al Resucitado, no es solo tarea personal, es un proceso comunitario cuyo símbolo es el pan compartido, “porque las cosas importantes de la fe se viven y construyen en comunidad”.

¿Qué significan para nosotros estas palabras del evangelio: “El Mesías tenía que padecer”?