2 de Junio

“Esto es mi cuerpo”. “Esta es mi sangre”

(Mc 14, 12-16. 22-26)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Jesús se reúne en privado con sus discípulos para celebrar la cena pascual. Como vemos, Él domina la escena, decide dónde reunirse, elige a los invitados y preside el humilde banquete. La inmolación del cordero pascual tiene un fuerte simbolismo en la tradición hebrea, ya que nos recuerda la liberación del pueblo de Egipto. Eso expresa el sentido liberador de la entrega de la vida de Jesús; con Él ocurre la nueva liberación pascual, inicia el éxodo definitivo de la esclavitud del pecado y la idolatría a la comunión plena con Dios. Con este Evangelio somos conscientes del don más grande que hemos recibido, el don de la Sagrada Eucaristía, fuente y culmen de la vida de todo cristiano. De la Eucaristía brota la paz, la unidad y la caridad y, por ende, es ella donde culmina nuestra vida como cristianos; a través de su gracia, nuestra vida alcanza el punto más alto.

Tomado de: La Palabra, Pan de vida. Comentario al Evangelio diario 2024, Paulinas – Comentarios: Raúl Enrique Castro Chambi, S.J. y Carlos Cardó, S.J.

 

Oremos: Gracias, Señor Jesús, por tu entrega, porque confías en nosotros para seguir haciendo presente y construyendo el reinado de Dios en nuestro mundo. En cada Eucaristía sigues ofreciéndote como alimento para darnos energía y vitalidad. Amén.

 

Actuemos: Cada vez que vayamos a la Eucaristía o misa debemos preparar nuestro corazón para vivir y celebrar, hacer memoria de Jesús que entregó su cuerpo y su sangre para salvar a la humanidad.

 

Recordemos: Celebrar la Eucaristía es, sobre todo, decir como él: “Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano” (José Antonio Pagola).

 

Profundicemos: Cada vez que comemos de ese pan y bebemos de ese cáliz recordamos el valor de su entrega, a la vez que nos comprometemos en ser pan que se parte y vino que se derrama por amor sin límites hasta el extremo, signo concreto y visible de compromiso creyente: dar testimonio de que somos discípulos de Jesucristo visibles en un mundo roto y vulnerado.  

 

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