18 de Septiembre

“Ni en Israel he encontrado tanta fe”

(Lc 7, 1-10)

 

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Se dice que la fe mueve montaña. También la fe nos hace salir de nosotros mismos para buscar a Dios en todo tiempo, lugar y circunstancia, me conmueve y me llega al corazón la fe y la humildad de éste centurión  Romano que derribando barreras se dirige a Jesús para suplicar por la salud de uno de sus sirvientes por quien sentía afecto y que estaba a punto de morir; pero lo que más me sorprende es la confesión del centurión: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo… Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. Esa oración confiada, que nace de la fe auténtica mueve el corazón de Dios. Esta oración de intercesión hace que las cosas se den porque cada uno de nosotros es importante para el Señor.

 

Reflexionemos: El centurión era un hombre con un cargo importante en el medio donde se encontraba, pero no llegó a imponerse sino que realizaba su misión como un servicio de bien común para la población, por eso los ancianos judíos lo describen como tal ante Jesús ¿Sé ponerme en el lugar del otro y orar por sus necesidades como si fueran propias delante del Señor?

 

Oremos: Espíritu Santo abre mi corazón al don de Dios para acoger su presencia en la sencillez de mi oración. Amén. 

 

Actuemos: Reconociendo mi fragilidad, seré más constante en mi súplica de fe al Señor. 

 

Recordemos: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”.

 

Profundicemos: El Señor es mi fuerza y mi escudo: en Él confía mi corazón. 

 

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