16 de octubre

 “A esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás”.

(Lc 11, 29-32)

El evangelista narra como la multitud se colocaba alrededor de Jesús para escucharle, sin embargo, escuchándole y viéndole no creían en Él, de ahí, que pidieran signos. El autor sagrado coloca en boca de Jesús dos signos de la tradición del Antiguo Testamento, familiares para los oyentes de Jesús, quienes los conocían y sabían, por tanto, ¿cómo era posible que no le creyeran si quien estaba hablando era el Hijo de Dios? ¿En qué consistían estos signos?

– El signo de Jonás, quien había predicado por la conversión de Nínive, si ella no se convertía en cuarenta días sería destruida por Dios, sin embargo, Nínive se convierte a través de los signos que manifestaban en el pueblo judío este camino de conversión: el ayuno, el vestido de sayal y la ceniza, según la Palabra, se convirtieron de su conducta y sus malas acciones.

– La visita de la reina de Sabá a Salomón, quien había viajado a escuchar la sabiduría del rey. La Palabra afirma que su visita no fue sólo admiración por su sabiduría sino también ocasión de ponerlo a prueba y el rey desvelo toda inquietud por lo que la reina “vio la sabiduría de Salomón” y todo cuanto ella había escuchado lo estaba contemplando.

Esta es precisamente la diferencia entre la fe y el signo que se pide a Jesús, de ahí, su afirmación: “aquí hay uno más que Salomón”, “aquí hay uno más que Jonás” y eso que los destinatarios de su mensaje aún no habían visto el signo total de su entrega, la cruz, para su generación considerada escándalo, de ahí que muchos no le creyeran.

 

Reflexionemos: En mi camino de vida cristiana pido signos como los de la generación de Jesús o hago de los signos que vivo el don de la manifestación de Jesús entre nosotros.

 

Oremos: Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida, concédeme la gracia de permanecer atento a la escucha de tu Palabra. Que pueda descubrir en ella los signos con que te manifiestas en mi vida. Amén.

 

Actuemos: En vez de pedir signos, vivo el mayor signo de la vida cristiana: el amor, en la vivencia de una caridad más auténtica, de tal forma, que este don hecho vida se convierta en signo para la generación de mi tiempo, para quienes viven conmigo.

 

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