1 de octubre

Se arrepintió y fue. “Los publicanos y las prostitutas van por delante de ustedes en el reino de Dios”

(Mt 21, 28-32)

 

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Mateo parece presentar un problema de la voluntad humana, manifestado en la parábola de los dos hijos, sin embargo, la narración va más allá y presenta la situación que vivían los discípulos de Jesús respecto de su seguimiento. La disposición de los dos hijos revela la situación, por un lado, de los seguidores de Jesús en su tiempo, quienes entusiasmados de su mensaje salvador le dijeron sí pero no midieron las consecuencias de la radicalidad en el seguimiento. Y, las condiciones del pueblo pagano y pecador, quienes sentían que no eran dignos del mensaje, pero les era atrayente y novedoso frente a sus estilos de vida.

El texto además presenta la figura de Juan el Bautista, a quien la tradición evangélica lo conoce como quien ha venido a preparar el camino del Señor, de hecho, es considerado el prototipo de profeta en tiempos de Jesús. Su testimonio fue tan elocuente que presenta de base un problema fundamental, el de la fe: “porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no le creyeron”.

El seguimiento de la persona de Jesús se juega en el sí o el no y a la base de la afirmación se encuentra la experiencia de fe. El autor sagrado hace evidente como los discípulos de Jesús lo vieron, pero “no se arrepintieron, ni le creyeron” y por eso la ambigüedad del corazón no les permitió reconocer en Jesús, al Hijo del hombre, porque no se había dado una experiencia auténtica de conversión, de cambio.

 

Reflexionemos: Frente a la Palabra que hoy leo, medito, escucho y oro, ¿cuál es la disposición del corazón para seguir a Jesús? Con el sí que todo lo ilusiona o cree hacerlo posible pero luego no actúa o con el no que parece romper toda esperanza. Dejemos que la novedad de vida de Jesús hable y se haga vida, se lea en nuestras acciones más que en nuestras palabras.

 

Oremos: Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida, tú que conoces mi corazón y sabes de mis más profundos deseos, de mi pobre fe y lo que creo concédeme la gracia de transformar mi corazón según la voluntad del Padre. Que a ejemplo del apóstol Pablo reconozca el mal que no quiero hacer y escriba con mi vida el bien que testimonio.

 

Actuemos: Que en la vivencia de nuestra vida cristiana las acciones reflejen lo que nuestras palabras profesan y han prometido, especialmente el día que nos vestimos de gracia al recibir los sacramentos.

 

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