“Ustedes oren así”
(Mt 6, 7-15)
Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida
El Evangelio de Mateo del día de hoy nos acerca a una de las prácticas cuaresmales centrales propias de este tiempo: la oración. Una oración debe ser vital, sencilla, que involucre a toda la persona en dos movimientos fundamentales, según la espiritualidad del Padrenuestro: la relación con Dios y con nuestros hermanos. La oración que Jesús enseña a sus discípulos se caracteriza por la humildad y sencillez.
Jesús observa en las tradiciones de su tiempo, las diferentes prácticas de oración, de ahí su insistencia en entablar una relación con Dios como Padre, porque a Él nos dirigimos en todo tiempo y lugar con confianza, por tanto, no es necesario aguardar una práctica cultual para entrar en esta relación vital a la que el mundo judío estaba acostumbrado, según la experiencia del templo, los sacrificios o las grandes fiestas de las peregrinaciones. Se trata de una relación en la que, reconociéndonos como hijos de Dios, acogemos su voluntad, que se manifiesta en la experiencia de buscar nuestra santificación. El otro dinamismo de la oración se manifiesta en la relación horizontal hacia nuestros hermanos, es decir, la comunidad con quien se encarna esa condición de ser hijos de un mismo Padre, el lugar donde se hace vida la espiritualidad que se ora.
En la relación vital con la comunidad, se experimenta que no es tan fácil ser un buen cristiano. El texto de la oración, propio de la versión de Mateo, insiste en el perdón como realidad de relación fundamental con el Padre: “Perdona nuestras ofensas” y como realidad de relación existencial con la comunidad, bien sea familia, pareja o grupo: “Como también nosotros perdonamos”. El perdón es la condición que nos libera de la ofensa, de la tentación y del mal. En definitiva, la oración es una autentica escuela de vida que nos coloca en relación con Dios y, a la vez, es fuente de relación con la comunidad creyente.
Reflexionemos: La oración del Padrenuestro es la más conocida que oramos, repetimos y que vuelve a nosotros en la alegría o la adversidad. Sin embargo, ¿qué experiencia de la oración del Padrenuestro siento que vivo, encarno y hago práctica de vida nueva?
Oremos: Padre bueno, enséñame a decir cada día “Padrenuestro”, no solo como una oración repetitiva sino como una experiencia de encuentro contigo y con mis hermanos de camino. Amén.
Actuemos: Así como Jesús enseñó a sus discípulos a orar, yo también le enseño a mis hermanos esta oración. Busco en mi ambiente familiar, laboral o social espacios para orar al Padre descubriendo la novedad de su Palabra al pronunciar de nuevo la expresión: “Padrenuestro”.
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