8 de marzo del 2025

“No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan”

(Lc 5, 27-32)

La Palabra en nuestra vida

La experiencia de la Palabra que habla con novedad todos los días nos coloca hoy en relación con el rostro de una persona concreta, Leví que en la tradición de los evangelios sinópticos es llamado Mateo. Según la narración del evangelista Lucas, quien describe con detalle numerosas experiencias que es preciso la persona experimente al momento de ser llamada a una vocación específica en la Iglesia. El primer verbo que nos coloca en dinamismo de relación e interioridad es ver. Afirma el texto que Jesús lo vio. Se puede ver con la luz de los ojos y con los ojos del alma. Con total certeza Jesús vio a Levi con cariño, con ternura porque no lo vio como todas las personas de su entorno, como cobrador de impuestos. Jesús cambia esa óptica de su mirada para no juzgar, sino para hacer sentir a la persona un impulso más profundo que estaba dentro de ella misma. Es importante percibir como esta mirada de Jesús la dirige a alguien que está en la cotidianidad de su trabajo, por tanto, también sabe de su fatigas, de sus propósitos, de sus metas, porque esta mirada no es una mirada más, es la mirada de la llamada, de la vocación y en medio de esa realidad le hace la invitación: “sígueme”, porque la llamada de Dios sorprende con novedad y desinstala. En la continuidad de la lectura del capítulo quinto, Lucas ha narrado la vocación de Simón Pedro, Santiago y Juan, por tanto, la narración de la vocación de Leví, es continuidad de la invitación al seguimiento del Maestro en la diversidad de dones y carismas que caracteriza al grupo de seguidores de Jesús. Hasta aquí hemos narrado la llamada de Jesús, pero es importante descubrir la respuesta de la persona porque en el seguimiento hay dos movimientos que colocan ritmo a la respuesta, la llamada de Dios y la respuesta de la persona. Afirma el texto sagrado que Leví “lo dejó todo, se levantó y lo siguió”. Se trata de una respuesta pronta, sin espera, caracterizada por la confianza: “lo dejó todo”. Con prontitud: “se levantó” y por la disposición interior de la voluntad: “lo siguió”.

 

Reflexionemos: Si siento que ya he sido llamado a una vocación especifica recompongo el lugar en qué fui llamado o llamada, y describo las actitudes personales de aquel entonces que caracterizaron mi respuesta, y si no he sido llamado aún me preguntó: ¿es que acaso no he escuchado la llamada de Jesús? ¿Qué me ha distraído para escucharle?

 

Oremos: Padre bueno, la mirada de tu Hijo Jesús me ha amado con amor misericordioso. Gracias por llamarme a ser en mi condición, discípulo, apóstol y testigo de tu Reino. Amén.

 

Actuemos: ¿Cuál es la llamada que Jesús ha hecho a mi vida? ¿A través de qué gesto la llamada se ha hecho vida: una mirada, un abrazo, una palabra, el silencio?

 

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