4 de marzo del 2025

“Recibirán en este tiempo cien veces más, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna”

(Mc 10, 28-31)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Hoy la liturgia nos permite concluir este primer ciclo del tiempo litúrgico ordinario con la lectura del Evangelio de san Marcos que está colocada en continuidad con el relato del que salió al camino para encontrar a Jesús. Los últimos versículos de esta escena nos cuentan como después de escuchar las exigencias de Jesús respecto de la radicalidad de su seguimiento y de la promesa de la vida eterna, son los discípulos quienes a la vez resultan sorprendidos porque la promesa del reino no es para cualquiera que este tibio, en el seguimiento y en el deseo de entrar en el reino de Dios. La parábola del camello y la aguja ha espantado a los discípulos y en medio de esta murmuración, el evangelista coloca el nombre de Pedro, quien a diferencia del hombre que le había preguntado que tenía que hacer para heredar la vida eterna, no lo conocemos, Pedro, a quien conocemos, en nombre de los discípulos, de la comunidad de los seguidores “nosotros”, afirma: “lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Eso que no fue capaz de hacer el hombre del camino, porque “frunció el ceño y se marchó triste”, Pedro se levanta para decir que es posible porque él y ellos dan testimonio de haberlo realizado: “nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Ahora el mensaje de Jesús ya no es para quienes lo escuchan, para el hombre que le salió al encuentro del camino porque el mensaje tiene destinatarios con rostros y nombres concretos, es entonces cuando vienen pronunciadas las palabras consoladoras de Jesús como promesa: “no hay nadie que haya dejado: casa, hermanos, padre o madre, hijos, tierras” que no reciba “cien veces más”, el ciento por uno que muchas veces escuchamos. Es la gracia de la promesa que viene de parte de Dios pero también la del abandono y confianza que viene de parte del discípulo, gracia que no les es posible si se sienta a calcular o a quererlo tocar y alcanzar con sus manos como alcanza tantas realidades tangibles entre el poder, el poseer o el tener. La promesa solo es posible y viene a nuestra vida como milagro cuando nos ponemos en camino, cuando afrontando con fe las realidades y condiciones adversas que llevan consigo su misterios y nos abrimos a la novedad de la vida y la esperanza.

 

Reflexionemos: También nosotros podemos afirmar como Pedro: “y nosotros que lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Es preciso preguntarnos por quién lo hemos dejado todo, y si dejándolo nos sentimos herederos y partícipes de la promesa con nuevas e infinitas bendiciones y oportunidades.

 

Oremos: Padre bueno y Dios de la vida, concédeme la gracia de vivir mi elección de vida libre y gratuita, en la confianza y el abandono de quien me ha llamado a la existencia. Amén.

 

Actuemos: ¿Qué ha sido o es preciso dejar para realizar mi vida, mis sueños, mi vocación?

 

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