2 de marzo del 2025

“De lo que rebosa el corazón habla la boca”

(Lc 6, 39-45)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

En el día del Señor, último domingo de este primer ciclo del tiempo litúrgico ordinario, el evangelista Lucas narra una serie de realidades humanas que parecen colocarnos desde ya, en perspectiva del tiempo litúrgico que próximamente viviremos. El autor sagrado emplea una serie de imágenes para llevar al oyente a comprender el dinamismo de la vida cristiana en el seguimiento de la persona de Jesús. La primera experiencia parece hacer referencia a la imagen del acompañante: “¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego?”. Para acompañar las diversas etapas de la vida humana y unas más que otras, por ejemplo, los procesos formativos y educativos, no instructivos, es preciso vivir una experiencia de acompañamiento, de escuela, de aprendizaje. De hecho, todos en diversas experiencias nos preparamos en la vida para acompañar no solo para cumplir funciones como máquinas, he ahí la diferencia que nos hace superar toda perfección robótica, porque “el discípulo… cuando termine su aprendizaje, será como su maestro”. En el dinamismo de la formación y el aprendizaje no hay maestros perfectos, cuando se cultiva la auténtica vocación de lo que se ama, se enseña a volar; entonces el discípulo será mejor que su maestro porque ha vivido su propio vuelo que lo ha llevado a ser lo que estaba llamado a vivir desde su origen. Ahora en esta realidad de ser “maestros” de la vida es preciso primero ser “discípulo” porque nadie llega a ser si no ha vivido su propio proceso, de ahí, la necesidad de trabajarse interiormente, sacar primero la viga del propio ojo, es decir, hacer un camino de crecimiento personal; en el ámbito educativo se entiende como conocimiento y aprendizaje de un método, “entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano” y la claridad es fruto de la paciencia, de la sabiduría, de la gracia de encontrarse acompañando tantos ciegos en el camino, cada uno de ellos con su propia enseñanza.

 

Reflexionemos: Es preciso preguntarnos en esta dinámica de la vida humana: ¿Qué clase de árbol somos? Y ¿cuánto cultivamos este árbol para que dé frutos buenos? En medio de tantas realidades que pueden condicionar el buen fruto trabajamos lo que a cada uno corresponde por cultivar la bondad, por sembrar en nuestro corazón con la escucha atenta de la Palabra, la oración, la meditación, tesoros buenos que den cuenta de lo que somos, “de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

 

Oremos: Padre bueno, siento que me has llamado a una misión como aquella de ser guía, maestro, árbol que da buen fruto. Ilumina mis cegueras para no caer en el hoyo cuando guio, acompaño, siembro. Amén.

 

Actuemos: ¿Qué gestos de mi vida expresan la bondad del árbol que da buen fruto?

 

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