“Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí”
(Jn 5, 31-47)
Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida
Los judíos no creían en Jesús y buscaban cualquier ocasión para acusarlo, sin embargo, el Señor habla de otras personas que han dado testimonio de Él, y de su relación filial con su Padre Dios. Jesús busca testimonios propios que señalen lo que Él ha hecho: Juan el Bautista, dio testimonio de la verdad, ya que él era la lampara donde brillaba la luz. Otro testigo son las obras que Él mismo realiza en nombre del Padre. Dios, en definitiva, es su testigo, pero ellos no lo entienden, no comprenden esta realidad; la Palabra no habita en ellos. Hablan del Dios de la Torá, pero no comprenden la revelación, no la entienden, no escuchan ni contemplan. Esto nos puede suceder también a nosotros, cuando la Palabra de Dios no nos dice nada, cuando no sentimos que arde en nuestro corazón su voz, cuando no oramos y dejamos que otras opiniones nos seduzcan llevándonos a dudar, incluso, de su existencia.
Reflexionemos: Es importante, conocer y estudiar a fondo la Palabra de Dios, para no quedarnos en la superficialidad, juzgando y dejando que otras ideologías acaben con nuestros fundamentos. Podemos reflexionar: ¿Saco tiempo para orar con la Palabra de Dios?, ¿entro en diálogo con Dios?, ¿siento que Él es mi luz, que me transforma y me da vida?
Oremos: Señor Jesús, dame la gracia de reconocerte siempre como el enviado del Padre. Tener en tu Palabras y en tus acciones la fuente que da sentido a mi vida, a mi obrar, a mi sentir y a todo cuanto soy. Amén.
Actuemos: Frente a situaciones de falta de ética, Dios me invita a tener la valentía para hablar o denunciar si algún hecho afecta a mi grupo o entorno social, sabiendo que esto me puede traer problemas y persecuciones.
Profundicemos: “Jesús afirmó que Juan era ‘una lámpara que arde y alumbra’ (Jn 5, 35). También ustedes debéis ser lámparas como él. Hagan que brille su luz en nuestra sociedad, en la política, en el mundo de la economía, en el mundo de la cultura y de la investigación. Aunque sea una lucecita en medio de tantos fuegos artificiales, recibe su fuerza y su esplendor de la gran Estrella de la mañana, Cristo resucitado, cuya luz brilla –quiere brillar a través de nosotros– y no tendrá nunca ocaso”. (Papa Benedicto XVI).
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