“Si no se convierten, todos perecerán de la misma manera”
(Lc 13,1-9)
Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida
Hemos llegado al tercer domingo de cuaresma, después de atravesar la tentación del desierto y de subir al monte, a la contemplación del Hijo de Dios en su gloria. Ahora, Lucas nos coloca en el camino de la conversión, a través de una imagen: la viña. En nuestro concepto, la conversión parece obvia, e incluso, desde el estudio y la profundización teológica se habla de conversión pastoral; sin embargo, la exigencia de la vida cristiana es un estilo de vida desde un proceso de maduración y camino cada vez más conforme y –como dirá san Pablo–, con los sentimientos del Hijo. La parábola de la higuera plantada en la viña que no da fruto, es la imagen de la paciencia de Dios. En la mentalidad común y corriente, entendemos bien el lenguaje de las segundas oportunidades. A esta experiencia humana se refiere la dimensión de la conversión, que no acontece en un instante, porque la viña habla de paciencia, de tiempo, de cuidado; de hecho, son tres años buscando fruto en la misma viña, sin embargo, es preciso uno más, el de la oportunidad: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”. La conversión se trata, en definitiva, de la paciencia que tengamos para cultivar la viña porque ella necesita de cuidados para producir fruto. La invitación es a que sembremos la semilla de la fe con paciencia, con sabiduría, sabiendo que incluso el estiércol, es decir, las dificultades, los problemas, tiene poder transformador y purificador. Seamos conscientes que nuestras miserias humanas pueden ser un don de transformación y una gracia de Dios para saber acoger y aceptar su voluntad. Que muchas personas que intentamos colocarnos en el espíritu del seguimiento del Maestro sintamos que la conversión no es como nosotros la queremos sino como el sembrador, es decir, Dios quiere que vivamos ese proceso de conversión para fecundar la viña.
Reflexionemos: ¿Tengo paciencia con los procesos de conversión personal y busco ser constante en ellos, cavando y echando tierra, o prefiero desistir de seguir radicalmente a Jesús?
Oremos: Padre bueno, concédeme la gracia de cultivar mi viña con el deseo de cosechar abundantes frutos en ella. Que con paciencia deje actuar a Dios en mi vida para que Él haga su obra. Amén.
Actuemos: He tenido en mi vida la experiencia de la viña, es decir, ha sido preciso cultivar con mayor paciencia y tiempo para dar fruto.
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