22 de marzo del 2025

“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”

(Lc 15, 1-3. 11-32)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

La predicación de Jesús tuvo acogida entre pecadores y publicanos, porque eran las personas que Él encontró con facilidad en el camino quienes, según los fariseos y los escribas, no eran merecedores del culto en el templo por su condición de impuros. En este contexto, el Evangelio de hoy nos menciona que se encuentran tanto escribas como fariseos, quienes murmuraban en contra de Jesús porque precisamente este los acogía y comía con ellos. El Señor más que buscar la prescripción ritual de la ley, los aceptaba como personas vulnerables, pobres, débiles y limitados. En medio de esta tensión, los judíos buscan la forma de acabar con su vida. A los judíos, Jesús indirectamente les anuncia la parábola de los dos hijos: el hijo menor, que le reclamó al padre la herencia para marcharse a un país lejano donde lo gastó todo. Este hijo lleva en su ser la condición de pecador y publicano quien, estando perdido, fuera y lejos de su hogar, experimentó la misericordia en el abrazo del padre. En el hijo menor están acogidos todos los publicanos y pecadores. Después de toda una serie de imágenes en las que es posible percibir el regreso a casa del hijo menor, a quien la vida lo hizo a fuerza madurar, pudo valorar el amor y el sacrificio de su padre, quien siempre lo ha amado a pesar de todo. Luego aparece en escena el hijo mayor a quien le sorprende el gesto de acogida de su padre a su hermano; de hecho, se niega a entrar al hogar paterno y, desde fuera, pregunta por lo que sucede. El hijo mayor es la imagen viva de “la murmuración de los escribas y fariseos” quienes, teniendo el don del Padre, en la manifestación de la alianza y el cumplimiento de sus promesas, se han negado a acogerlo y hacerlo vida en su propia vida.

 

Reflexionemos: ¿Con cuál hijo me identifico en la práctica de mi vida cristiana? ¿El hijo menor que sale de la casa y vuelve para experimentar el don misericordioso del Padre? ¿O el hijo mayor que estando siempre junto al Padre, desconoce la manifestación de su amor incondicional?

 

Oremos: Padre bueno, gracias porque sé que me amas a pesar de que muchas veces no te correspondo. Ayúdame a regresar siempre a tu casa porque sé que me esperas para recibirme con los brazos abiertos. Te agradezco por tu infinito amor y bondad. Amén.

 

Actuemos: Si soy el hijo menor, ¿de dónde es preciso volver al Padre? ¿Si soy el hijo mayor realmente he experimentado el amor del Padre?

 

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