18 de marzo del 2025

“Dicen, pero no hacen”

(Mt 23, 1-12)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

El Evangelio de san Mateo se dirige especialmente al pueblo judío que se había convertido al seguimiento de Jesús. Hoy el texto evangélico es una fuerte autocritica a la forma de religión judía, ya que Jesús cuestiona el testimonio de vida de los escribas y fariseos. Este es el gran desafío que la Palabra de Dios hoy nos propone, ya que no se trata solo de hablar, o de decir muchas cosas, sino de vivir un estilo de vida coherente con aquello que predicamos. Es decir, que vayamos menos a las palabras y más a los hechos concretos. El mejor testimonio de una forma de vida coherente es el que llevan las madres. Ellas encarnan en su propio corazón esta hermosa vocación. Ellas sí saben en carne propia lo que es sacrificarse por su esposo, por sus hijos, por sí mismas, de manera incondicional, arriesgando, incluso, su vida para dar a su vez, vida. Ellas dicen y hacen. Esa es tal vez la diferencia entre lo que acontecía en la práctica judía de los escribas y fariseos, que se caracterizaba por exigir: hacer y cumplir todo lo que dicen, respecto de la ley, sin embargo, la gran contradicción es esta: “Ellos dicen, pero no hacen”. Este es un riesgo que también nosotros vivimos hoy, sin necesidad de estar “sentados en la catedra de Moisés”. Nosotros como padres de familia, maestros, líderes o hermanos mayores, estamos llamados a ser coherentes en nuestra vida y en el camino de nuestra fe. El movimiento de la práctica de “atar cargas pesadas y que las cargan a la gente en los hombros” se refiere en el fondo a las leyes que el libro del Levítico enumera y en el que decía qué estaba o no permitido. Sin embargo, la contrariedad evidente de la práctica está en que “ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Si sentimos el llamado de Jesús a seguirle, y si respondemos positivamente a ese llamado desde cualquier estado de vida, es para que le respondamos con sinceridad y no en apariencia a nuestro Señor.   

 

Reflexionemos: La clave de la auténtica experiencia de vida cristiana como fuerza viva, el autor sagrado la coloca en labios de Jesús: “El primero entre ustedes será su servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Me pregunto: ¿Cómo vivo el servicio y la humildad hoy? En mi realidad cotidiana, ¿ellas se convierten en fuerza de testimonio transformante?

 

Oremos: Padre bueno, en tu Hijo Jesús vemos al único Maestro que, dando su vida, dio testimonio de lo que significaba acoger tu voluntad. Enséñame a ver en Él la forma de seguir, de anunciar, de hacer vida tu Palabra. Amén.

 

Actuemos: Retomemos nuevamente el Evangelio de hoy de los escribas y fariseos planteado por el autor sagrado, y preguntémonos: Como los escribas y fariseos, “¿todo lo que hacemos es para que nos vea la gente?”. ¿Somos sembradores de semillas del reino de Dios aquí y ahora que hagan vivo el Evangelio hoy y encarnen un mensaje de vida nueva?

 

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