18 de febrero del 2025

Eviten la levadura de los fariseos y de Herodes”

(Mc 8, 14-21)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Un grupo de fariseos de Galilea se acercó a Jesús para criticarlo; estaban acompañados por algunos escribas que querían, quizás, defender a la gente sencilla, pues según ellos la forma de proceder de Jesús era peligrosa, porque sus discípulos no seguían todas las tradiciones de los mayores. 

Jesús les responde con las palabras del profeta Isaías: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Este es siempre el riesgo de toda religión: dar culto a Dios con los labios, repitiendo fórmulas, recitando salmos y oraciones, mientras nuestro corazón “está lejos de él”. Según el profeta de Israel, esta es la queja frecuente de Dios.

Jesús, a través de su testimonio de amor y verdad, tuvo que hacer frente a diversas formas de fariseísmo y modos de proceder, basados en leyes y ritos. A Dios le agrada la adhesión interior, el culto que nace del corazón de donde brotan las decisiones y el amor sincero.  Cuando el corazón está lejos de Dios, el culto es vacío, porque no se pone en práctica la Palabra de Dios; faltan los frutos de una vida fiel a Dios.  No podemos olvidar que esto es lo esencial.

¡Señor, haznos fieles a ti!

 

Reflexionemos: ¿Mi relación con Dios y mis expresiones de fe brotan realmente de mi corazón? ¿Soy cumplidor de ritos externos que no tienen nada que ver con mi modo de vivir?

 

Oremos: Señor Jesús, quiero buscar con sinceridad de corazón lo que es agradable a tus ojos; no permitas que me quede en la pura exterioridad; arraiga mi amor a ti y a los hermanos en lo más íntimo de mi ser. Amén. 

 

Actuemos: Cuido las intenciones de mi corazón para buscar en todo momento lo que le agrada a Dios.

 

Recordemos: “¿Por qué andan discutiendo que no tienen pan? ¿Aún no entienden ni comprenden? ¿Tienen el corazón embotado? ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen?”.

 

Profundicemos: “Este es el gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que solo ha de ocupar Dios. Las ponemos por encima, incluso, de su voluntad: no hay que pasar por alto la más mínima prescripción, aunque vaya contra el amor y haga daño a las personas (José Antonio Pagola).

 

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