11 de Mayo

San Ignacio de Laconi, religioso
Hch 9, 31-42 / Sal 115, 12-17/ Jn 6, 60-69. Feria. Blanco.

¿A quién vamos a ir?
¡Tú tienes palabras de vida eterna!

En aquel tiempo,muchos de sus discípulos, al escucharlo, dijeron: “Esta enseñanza es muy dura, ¿quién puede prestarle atención?”. Jesús, consciente de que sus discípulos lo criticaban por esto, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de entre ustedes que no creen”. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Desde ese momento, muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Entonces Jesús dijo a los Doce: “¿Ustedes también quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

“¿A quién iremos, Señor?”. Esa pregunta se la hace toda persona que ha madurado y ha aprendido a captar la fragilidad de las cosas. Es como si se dijera: ¿En qué o en quién puedo confiar realmente? Después de tantas pruebas y de tanto orgullo, ¿en qué me puedo apoyar? Jesús invitaba a sus oyentes a poner radicalmente la confianza en Dios Padre y a luchar por el reino. Esa confianza en un Dios amor que mueve a trabajar por otro mundo según su voluntad, les resultaba muy duro, les parecía ingenuo, ensoñación de un exaltado. Comer su carne y beber su sangre era compartir un proyecto de vida inimaginable. A través de Pedro, Dios dio signos de que su amor invencible es más fuerte que nuestro “realismo cobarde”. A través de la vida de muchos(as) creyentes, Dios sigue llamando a la esperanza y a la alegría que produce el saber que Jesús es el Santo de Dios con nosotros.

¿Qué pasos estamos dando para hacer realmente de Dios nuestra roca, nuestro orgullo, Aquel en quién ponemos nuestras esperanzas?