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Tu Misericordia... en mi fragilidad

“La Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. El Espíritu Santo, a través de las palabras de los profetas y de los escritos sapienciales, ha modelado la historia de Israel con el reconocimiento de la ternura y de la cercanía de Dios, a pesar de la infidelidad del pueblo. La vida de Jesús y su predicación marcan de manera decisiva la historia de la comunidad cristiana, que entiende la propia misión como respuesta al mandato de Cristo de ser instrumento permanente de su misericordia y de su perdón (Misericordia et misera, 7).

La misericordia se hace visible y tangible en acciones concretas, una vez se experimenta en la propia vida, no vuelve atrás, ni con uno mismo ni con el otro, la misericordia no deja atrás a nadie, porque no hay nada más noble que encontrarse con la verdad del otro, con nuestra propia verdad y acogerlo, acogernos con amor. La misericordia renueva y redime, porque es el encuentro de dos corazones: el de Dios, que sale a nuestro encuentro, y el del hombre. Es Dios quien transforma nuestro corazón y lo dispone a la acogida, “capaz de amar, a pesar de su pecado”. Cuando el libro de la sabiduría habla de la amistad, entendemos qué es lo más importante para Dios: hay amigos de momento, hay amigos por interés, hay amigos que traicionan, hay amigos que son fieles… los adjetivos cambian, pero el amigo sigue siendo amigo a pesar de lo que haga. Para Dios, el adjetivo poco importa, para Él primero es la persona, más allá de nuestro pecado y limitaciones, dones o cualidades, primero es el otro, una persona, un hermano, un padre, un hijo, un amigo.

Si la misericordia de Dios se derrama cada día en nuestra historia, en nuestra fragilidad, sea esta la misma actitud para con el otro en este tiempo de gracia, de preparación al encuentro del

Señor que viene. Dice el Papa Francisco, “para acoger a Dios no importa la destreza, sino la humildad”, por ello, en la pequeñez de nuestra vida, en nuestra verdad, ahí se manifiesta su gracia. A veces, “tal vez miramos a los demás por encima del hombro, pensando que somos mejores que ellos, que tenemos las riendas de nuestra vida, que no necesitamos cada día a Dios, a los hermanos”, pero esto es un engaño, siendo Dios comunión plena, podemos ser lo que somos gracias al otro, el Papa Francisco nos exhorta en este tiempo de gracia a “quitarnos nuestras máscaras”, ceder a todas aquellas actitudes autosuficientes, ser libres de prejuicios y de formalidades para con el otro, la verdadera actitud es la humildad, reconocer que el otro es hermano, no inferior ni superior, el Adviento es un tiempo para volver a comenzar, dar nuevos pasos hacia el encuentro, la reconciliación, el perdón, la misericordia, aquella que brota del don gratuito recibido por Dios.

De no ser por tu gracia, Señor, ¿qué podemos hacer?, ¿a quién iremos?

Esperaré

Esperaré a que crezca el árbol y me dé sombra.

Pero abonaré la espera con mis hojas secas.

Esperaré a que brote el manantial y me dé agua.

Pero despejaré mi cauce de memorias enlodadas.

 

Esperaré a que apunte la aurora y me ilumine.

Pero sacudiré mi noche de postraciones y sudarios.

Esperaré a que llegue lo que no sé y me sorprenda.

Pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.

 

Y al abonar el árbol, despejar el cauce, sacudir la noche

y vaciar la casa, la tierra y el lamento

se abrirán a la esperanza.

- Benjamín González Buelta, sj

La Misericordia de Dios tiene rostro de Consolación

“Consolad a mi pueblo”, son las palabras del profeta para aquellos que sufren. Adviento es tiempo de misericordia, tiempo de esperanza, “es cierto que a menudo pasamos por duras pruebas, pero jamás debe decaer la certeza de que el Señor nos ama”. Su misericordia se expresa en cercanía, en el afecto y en el apoyo de muchos hermanos que nos ofrecen lo mejor de sí mismos ante nuestras angustias y aflicciones, a veces simplemente estar ahí, aún en medio del silencio, son expresiones del Dios con nosotros, de su cercanía y cuidado.

Es necesario en este tiempo, hacer memoria no solamente de los momentos plenos y gozosos en nuestro camino, también aquellos momentos de sufrimiento, de oscuridad, de enfermedad y las crisis que siempre llegan, solo necesitamos aprender a ver la belleza en cada pequeña acción, a veces es el otro quien nos muestra cuanto nos ama Dios y lo afortunados que somos.

A veces, ¡pequeños gestos bastan para tanto en la vida! En nuestros ajetreos cotidianos, una palabra, una llamada, un saludo amable, un detalle inesperado, el canto de un ave, el cielo despejado, la brisa suave, el rostro del hermano en la calle que nos regala su mejor sonrisa, las ganas de salir delante de tantos hermanos que a diario encontramos en los transportes públicos, la señora que se levanta muy temprano para calentar con sus bebidas, un tinto, una aromática, a aquellos que inician labores académicas y laborales, el cálido abrazo de nuestros seres queridos, las sonrisas que dibujan en nuestra vida los buenos amigos que el Señor nos ha dado, así, el testimonio de tantos y tantas que cotidianamente comparten con nosotros, aún sin ellos saberlos, en sus gestos, nos hablan de la gran misericordia de Dios en nuestra vida.

A veces hay que esperar

A veces hay que esperar, porque las palabras tardan

y la vida suspende su fluir.

A veces hay que callar, porque las lágrimas hablan

y no hay más que decir.

A veces hay que anhelar, porque la realidad no basta

y el presente no trae respuestas.

A veces hay que creer, contra la evidencia

y la rendición.

A veces hay que buscar, justo en medio de la niebla,

donde parece más ausente la luz.

A veces hay que rezar, aunque la única plegaria posible

sea una interrogación.

A veces hay que tener paciencia y sentarse

junto a las losas, que no han de durar

eternamente.

 

- José María Rodríguez Olaizola, sj

La ternura en nuestra fragilidad

Adviento es el tiempo de volver a Dios, tiempo de contemplar y reconocer su misericordia, tiempo de dar cuanto hemos recibido. Es tiempo de ponerse en camino, como lo hizo el Padre de la ternura, quien mejor que san José, quien creyó contra toda esperanza, a pesar de experimentar la debilidad, de sentirse incapaz de la misión confiada, creyó en el Dios de la promesa y se puso en camino.

Jpg.Adv.José

Lo que a nuestros ojos es negativo en nuestra vida, a la luz del Espíritu Santo, la mejor manera de tocar nuestra fragilidad es la ternura.

“El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Solo la ternura nos salvará del Acusador […] También, a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto.

Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además, creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades. En medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca” (Patris corde, 2).

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