1 de febrero

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”

(Marcos 6, 4)

 

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Jesús después de haber predicado en otros lugares, regresa a su pueblo natal, acompañado de sus discípulos y se pone a enseñar en la Sinagoga, aunque la gente está maravillada al oírle, al mismo tiempo se pregunta: No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María. el hermano de Santiago. José, Judas y Simón…

La gente de su tierra se encierra en sí misma, no le acepta y se pregunta, quién es Jesús y, sobre todo, de dónde proviene su sabiduría y la autoridad con la que realiza los milagros: a sus coterráneos les queda difícil entender y mucho menos aceptar, que Dios se manifieste en lo humilde y sencillo, ellos conocen el origen, familiar de Jesús, sus palabras, y modo de actuar molestan porque en el fondo invitan a un cambio de vida. Jesùs en su tierra natal, solo curó a algunos enfermos…estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.

 

Reflexionemos: Nos es difícil reconocer la presencia de Dios en las personas sencillas, humildes, en quienes viven a nuestro lado, nos negamos a reconocer sus dones, su riqueza espiritual, su ejemplo de vida, sus buenas obras. Creemos conocer de sobra, a estas personas, olvidando que cada uno y cada una, somos un misterio insondable de Dios. ¿Por qué me cuesta reconocer el rostro de Dios en mis hermanos?

 

Oremos: Señor ayúdanos a crecer en la fe, y a reconocerte en el prójimo más allá de sus apariencias. Amén. 

 

Recordemos: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María?

 

Actuemos: Valoraré a las personas por lo que son.

 

Profundicemos: Bendice alma mía al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Sal 102 (Libro: A la escuela del maestro 2023).

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