
Una mujer anónima está escuchando la enseñanza de Jesús y en su corazón brota una bienaventuranza, pues lo que escucha muestra la fertilidad del vientre que ha gestado la vida de Aquel que con su palabra ha tocado su corazón. Jesús confirma lo dicho por la mujer, pues solo la Palabra escuchada fecunda la vida y la hace bienaventuranza. Es el saludo de Isabel a María Santísima; ella es la Bienaventurada por excelencia, la habitada por la Palabra del Padre y, con la potencia del Espíritu, nos ha dado la Palabra encarnada. La fiesta mariana que celebramos hoy en nuestro país se goza en el don de la fe sencilla y confiada de nuestro pueblo, una fe que brota de la fragilidad y humildad en la que se revela la grandeza del poder de Dios en los sencillos y humildes de corazón. La alabanza que canta la bienaventuranza del vientre de María celebra el vientre de la humanidad que engendra a Dios para luego darlo como Palabra encarnada en cada gesto y signo de vida. Hoy es una linda oportunidad para revisar nuestro corazón y preguntarnos cómo en nuestra vida cotidiana mostramos con gestos concretos la presencia del Señor al punto de tocar el corazón de los hermanos que nos rodean, haciéndoles exclamar la alegría de la vida. Si nuestra fe no ilumina el camino personal y comunitario de los ambientes que habitamos, entonces sería bueno preguntarnos qué está pasando. La fe que transforma vidas, que ilumina nuestras sombras, que escucha, que fecunda, que se nutre de la Palabra, es aquella que nos permite dejar huellas por los senderos que transitamos en el día a día y que invita a dejar transparentar el don de Dios que habita en medio de su pueblo.
Mi seguimiento de Jesús, ¿suscita y trasmite gozo y alegría en quienes tengo cerca?
Espíritu Santo, abre nuestros oídos y nuestro corazón para escuchar con atención la Palabra, tal como nos enseñó Jesús. Concédenos la gracia de no ser solo unos oyentes, sino unos hacedores de tus mandamientos, para que, al guardar tus enseñanzas en nuestra vida diaria, alcancemos la verdadera bienaventuranza y caminemos siempre en la verdad. Amén.
Jesús nos enseña que la verdadera dicha no proviene de los vínculos biológicos o los privilegios, sino de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.
“Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 28).
La verdadera grandeza no radica en los lazos de sangre, sino en escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.


