
El apóstol de la Palabra, es aquel que ha experimentado en su propia existencia el amor y la misericordia de Dios Padre y se siente llamado para comunicar al mundo la Buena Nueva del reino con la entrega total de sí mismo por amor a Cristo. En esta parte del discurso apostólico que nos presenta el Evangelio, Jesús da a sus apóstoles orientaciones claras para ser anunciadores del reino. Primero, el apóstol asume su misión identificándose con la misión del Maestro: “El que no carga su cruz y me sigue, no es digno de mí”, y un segundo aspecto, es el contenido de la misión. Ya que el apóstol, no se comunica asimismo, sino que pone al centro de su vida a la persona de Jesús. “El que encuentra su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Acogiendo a Jesús, Verbo encarnado del Padre, viviendo en sus enseñanzas, podemos llegar a la madurez de la fe con un corazón renovado para amar y, bajo la gracia del Espíritu Santo, sentirnos capacitados para salir a anunciarlo llevando la alegría del Señor Resucitado que en nosotros está amando y permite crear esos vínculos de fraternidad y reciprocidad en la misión de evangelización: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”.
Lo más valioso para todo cristiano es llevar a Dios en el corazón y reconocer la inmensidad de su amor, porque de Él en la persona de Jesús, hemos aprendido a dar y a recibir con sencillez los dones que el mismo Señor ha dispuesto para nosotros. Preguntémonos: ¿Cuál es la medida de mi amor para Jesús? ¿Cuál es la cruz que hoy debo cargar para seguirlo?
Señor Jesús, Divino Maestro, que siguiendo tus pasos, pueda con mi vida realizar la misión de sembrar tu Palabra en el corazón de muchos hermanos. Amén.
Una entrega radical, prioritaria y activa a Jesús, exige situar el amor a Dios por encima de los lazos familiares más íntimos, asumir las propias dificultades con valentía y practicar la hospitalidad concreta con los demás.
“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 38).
Jesús exige poner el amor hacia Él por encima de cualquier vínculo familiar o de la propia vida. Asegura que todo acto de servicio, por pequeño que sea, tendrá recompensa.


